Phoenix, un tributo

lunes, 17 de octubre de 2022

Comparaciones

Dos proyectos, una idea en mente. Deep Impact y DART, DART y Deep Impact. ¿Qué tienen en común? Más de lo que cualquiera podría pensar, a pesar de tener objetivos completamente distintos. ¿Los exploramos?

Son dos fechas a recordar: el 4 de julio del 2005, y el pasado 26 de septiembre. En ambas fechas, agredimos intencionadamente dos cuerpos menores, todo por la ciencia. Sin embargo, la razón de hacerlo en cada caso era bien distinta. Deep Impact tenía un encargo plenamente científico, porque pretendía desenterrar las capas inferiores de debajo de la superficie de un cometa. DART, por otra parte, ha sido el primer experimento de impacto cinético, cuyo planteamiento era validar este concepto. Pero hay elementos comunes en ambos proyectos.

Para empezar, se escogieron dos cuerpos menores, aunque es cierto que de tipos distintos, el cometa Tempel 1 para Deep Impact, y el sistema binario de asteroides Didymos-Dimorphos para DART. Obviamente, las diferencias son descomunales, y no sólo por tamaño: el 9P/Tempel 1 es un objeto de 7.6 x 4.9 kilómetros de diámetro. Forma irregular.

Dimorphos, sin embargo, es el más pequeño de dos cuerpos menores formando un sistema binario de asteroides NEO’s, con un tamaño aproximado de unos ciento setenta metros de diámetro. Queda clara la diferencia en tamaño y, sin duda, en masa, de los dos objetivos.

Más semejante es la arquitectura de la misión. Primera semejanza: cada proyecto estaba formado por dos elementos: uno que observaría el impacto, y otro que lo produciría. Aquí podemos hablar de disparidad, porque con Deep Impact la sonda más grande de las dos era la de sobrevuelo, que documentaría el evento, y la más pequeña realizaría la colisión. En DART ha sido lo opuesto, con la grande como arma arrojadiza, y un diminuto complemento llamado LICIACube como sonda observadora.

Centrémonos en las agresoras. En Deep Impact, recibía el nombre de Impactor. En fin… Fue diseñado para ser lo más neutro posible, para evitar interferir en el espectro producido por la eyecta del impacto. Por ello, gran parte de sus 370 kg. era una masa agresora de cobre, el resto era la sonda, plenamente funcional empleando la energía de una batería. Sólo contaba con una cámara, ITS, que transmitía las imágenes a la sonda de sobrevuelo, la propia Deep Impact, apenas las capturaba, usando un enlace en banda-S entre ambas. Carente de partes móviles, usaba su propia propulsión para ir camino de su destino. Para una descripción más en profundidad, recomendamos revisar el artículo que escribimos al efecto.

DART es algo muy distinto. No hace falta detallarlo todo de nuevo; no hace ni un año que lo hicimos. Era un compendio tecnológico, con ordenador, paneles solares, impulsión iónica, y antenas a la última. Es decir, que volaba libre, mientras que el Impactor de Deep Impact necesitaba ser transportado hasta las proximidades del objetivo. Además, contaba también con una sola cámara: DRACO.

Por eso, Deep Impact y LICIACube son tan distintas. La primera era la pieza primaria de la misión, proporcionando navegación, energía y comunicaciones para Impactor durante el vuelo hasta el cometa, y contaba con dos instrumentos potentes como HRI y MRI con los que poder diseccionar el encuentro. 

La segunda, sin embargo, es un añadido posterior a la aprobación del proyecto DART, siendo la segunda misión de Cubesat en volar al espacio profundo. También cuenta con dos cámaras, pero a diferencia de Deep Impact, son de tamaños y características reducidas. Sí, LICIACube tuvo que ser transportada hasta casi el asteroide, guardada plegada dentro de un contenedor especial, y siendo liberada dos semanas antes del encuentro.

¿Queréis otro parecido? Vale. Tanto Deep Impact como DART recurrieron a herramientas autónomas para cumplir su misión. En la primera, AutoNav era el sistema utilizado. Este software demostrado en Deep Space 1 fue la fuente de navegación primaria de Impactor desde su liberación hasta el impacto, siendo capaz de detectar el objetivo en su cámara, calcular las maniobras necesarias para llevarle a su destino y ejecutarlas sin intervención terrestre. La sonda de sobrevuelo también lo tenía, pero sin la capacidad autónoma de maniobra, sólo la de detección y adquisición de objetivos, así como una versión reducida para controlar sus secuencias científicas durante los
sobrevuelos. El ubicado en DART, como recordaréis, se llamaba SMARTNav, y era básicamente de un funcionamiento idéntico a AutoNav, en el sentido de localizar su objetivo, fijarlo en la cámara, y maniobrar la sonda hasta el momento crítico del impacto. ¿Por qué usar estas herramientas de software? Simple: por el retardo en las señales de las comunicaciones, de varios minutos entre la Tierra y la sonda, haciendo imposible que los controladores realizaran una navegación en tiempo real. Ambas tecnologías funcionaron magníficamente en sus tareas.

Más comparaciones. Aunque, en este sentido, diferencias. A la disparidad de tamaños de los objetivos hay que sumarle las velocidades de impacto entre ellos. Por supuesto, el encuentro entre Impactor y el cometa Tempel 1 fue el caso del pigmeo contra el gigante, con un objeto diminuto pegándosela contra un objeto enorme a gran velocidad. Aunque, en realidad, fue el cometa quien “agredió” a Impactor, con una colisión produciéndose a una velocidad de unos diez kilómetros por segundo, generando una explosión equivalente a detonar 4.8 toneladas de TNT. En cuanto a DART y Dimorphos, bien podría haber sido el impacto de un coche desbocado contra una casa, dado sus tamaños. El impacto se produjo frontalmente, a una velocidad de colisión, o terminal, de 6.6 km/s, liberando una explosión equivalente a detonar tres toneladas de TNT. Sin duda, mucho más serio.

Pero las ideas de cada proyecto eran distintas. Deep Impact quería investigar el interior del cometa con este experimento, y lo hizo, con ayuda de un montón de telescopios, tanto en la Tierra como en el espacio. Pero también afectó a su trayectoria, acortando su tiempo de órbita en apenas unos segundos, algo insignificante, lo bastante como para no causar efecto ninguno. DART era un experimento para demostrar el desvío de la trayectoria de un asteroide potencialmente peligroso. ¿Ha tenido éxito? de acuerdo con las observaciones recabadas desde Tierra y los recursos espaciales, . La idea era acortar el periodo orbital de Dimorphos poco más de un minuto. Pero la cifra alcanzada es, sin duda, alentadora, porque ´ha sido de treinta y dos minutos en total, y con los años esta cifra aumentará.

Pero antes de acabar, ambos proyectos tienen una última peculiaridad en común: ninguna ha podido ver el resultado de las colisiones. En el caso de Deep Impact, por una eyecta inesperadamente brillante. En el de LICIACube, por sus reducidas dimensiones y los escombros soltados. Pero, (siempre lo hay) tenemos buenas noticias, porque siempre hay a mano amigos que se ofrecen a observar la consecuencia. Para ver lo hecho al Tempel 1, se ofreció la misión Stardust, retornando cinco años y medio para descubrir un cráter de unos ciento cincuenta metros de diámetro, y un montículo central. Para ver el resultado con Dimorphos, nos tocará esperar hasta, al menos, el 2026. En esa fecha, la sonda europea Hera llegará al sistema, cargada con una cámara (AFC), un sensor hiperespectral, un altímetro láser (PALT), una cámara de infrarrojo termal (TIRI, proporcionada por JAXA), el sistema de radio ciencia, y dos Cubesats, Milani y Juventas. Su lanzamiento se prevé para octubre del 2024 a bordo del nuevo lanzador Ariane 6.

Ya lo veis, se parecen más de lo que cualquiera podría pensar. Sí, experimentos como estos demuestran que, al menos este método es válido para desviar objetivos potencialmente peligrosos. Pero, ¿nos pillaría a tiempo, en caso necesario? Eso está por ver. Es alentador, muy alentador.

Sólo cabe decir: ¡Bravo, DART!


 

 

Fuente: ASI/NASA

Fuente: ASI/NASA

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Los colosos

Ahora que está en boca de casi todos el nuevo y colosal cohete de la NASA, el famoso SLS, se nos ha ocurrido hablar de algunos cohetes que han podido, pueden, y podrán, lanzar grandes cargas al espacio. Es simple cuestión de potencia, o de buscar soluciones ingeniosas.

Para mandar al ser humano a la Luna, se necesita un lanzador extraordinariamente capaz. No es como enviar un satélite al espacio: en un vuelo tripulado, no sólo se lanza un vehículo, también a su tripulación, aire para respirar, agua para beber y lavarse, equipaje y otros objetos personales… Vamos, como cuando te vas de vacaciones, pero pelín más caro. ¿Qué solución adoptó la NASA? El célebre Saturn V. Todos sabéis cómo es, alto, grueso, enérgico. Con casi ciento once metros de altura hasta la torre de salvamento de Apollo, es el cohete más alto que se haya lanzado. Pero también se diseñó para ser potente. Era capaz de situar en órbita baja terrestre hasta ciento cuarenta mil kilogramos de masa, suficiente como para que la tercera etapa pusiera en dirección a la Luna el conjunto entre los módulos de mando y servicio y el módulo lunar. El Saturn V era un lanzador de tres etapas, con la primera, usando cinco motores Rocketdyne F-1, proporcionando un empuje en seco de 35.100 kilo Newtons (kN) de fuerza, una segunda usando también cinco motores de Rocketdyne, modelo J-2, con una potencia máxima de 5141 kN de empuje, y la tercera, con un único propulsor J-2, entregando 1033 kN de fuerza. La clave de la potencia y capacidades del Saturn V estaba en la utilización de combustibles criogénicos (hidrógeno y oxígeno líquidos), ya que son capaces de proporcionar, a igualdad de capacidad de combustible, un mayor impulso específico. Para su primera etapa, se usaba keroseno altamente refinado (conocido como RP-1) y oxígeno líquido. Un cohete con muchas medidas de seguridad, que no falló ni una sola vez cuando voló con astronautas. Y no es cierto que sólo sirviese para las misiones Apollo. De hecho, la estación espacial Skylab (más de setenta y seis mil toneladas de masa) era una tercera etapa reconstruida, y puesta en órbita con sólo dos etapas. Sí, era colosal y potente. Y un ejemplo a seguir.

Fuente: http://www.russianspaceweb.com/index.html
Durante años, la extinta Unión Soviética negó tener planes o ambiciones de situar un ser humano sobre la Luna. Pero lo cierto es que los tuvieron, y el lanzador que debía haber sido su pieza central era el mítico N1. Mejor llamado N1-L3, era un sistema de cinco etapas, todas usando RP-1 y oxígeno líquido como combustible. Fue la obra final de Sergei Korolev quien, por desgracia, nunca lo vio despegar, porque falleció casi tres años antes de su primer vuelo. Podemos considerarlo una especie de súper Soyuz, un cohete de forma cónica y ciento cinco metros de altura, cuya primera etapa es de record, no batido, con una base de diecisiete metros de diámetro y un total de treinta motores NK-15, con un anillo externo de veinticuatro unidades, y uno interno de seis. Todo controlado por un sistema exclusivo. El empuje de esta primera etapa era superior a la del Saturn V, de hasta 45.400 kN de empuje. Hay que decir que en la combinación N1-L3, N1 se correspondía en las tres primeras etapas del conjunto, y L3 era la etapa que iría a la Luna, con dos propulsores. Así, la segunda etapa del N1, de ocho motores NK-15V, proporcionaba una potencia de 14040 kN, y la tercera etapa, con cuatro motores NK-21, 1610 kN, entregando las noventa y cinco toneladas de la fase L3 a órbita baja terrestre. Sólo hubo cuatro intentos de lanzamientos de prueba, todos calamitosos, por desgracia, con el segundo destruyendo por completo la plataforma de lanzamientos. Su vuelo más largo fue de ciento siete segundos, antes de perderse. ¿Por qué fracasó? Al fallecimiento de Korolev se le sumaron otros imponderables: poco presupuesto, calendario de pruebas apresurado, ausencia de pruebas clave, la disputa Korokev-Glushko sobre los motores que se debían usar… Todo conspiró para que el sueño del N1 se convirtiese en pesadilla. Ya hablaremos de qué plan tenía la Unión Soviética de una misión lunar.

Un contemporáneo del N1 sigue volando, y aún le queda tiempo de vuelo. Nos referimos al Proton. La criatura de Vladimir Chelomei, ha sido, durante bastante tiempo, el lanzador más potente en servicio, exceptuando al transbordador, por supuesto. Hay que admitir una cosa sobre el Proton: a Korolev no le gustaba. La razón hay que buscarla en su combustible, porque usa líquidos hipergólicos (es decir, reaccionan al contacto y prenden), ya que es altamente tóxico. Pero este tipo de combustibles eran los favoritos de Glushko. El Proton, o UR-500, iba a ser una alternativa al antes mencionado, porque con sus tres etapas, ofrecía potencia como para mandar una nave Soyuz con dos cosmonautas en una misión semejante a la que hizo Apollo 8. Por supuesto, no se compara en potencia o dimensiones a los anteriores, con una altura de cincuenta y tres metros, y tres etapas con potencias de 10470, 2399 y 630 kN, respectivamente, usando seis motores RD-275 en la primera etapa, cuatro (tres RD-0210 y un RD-2011) en la segunda y un RD-0212 en la tercera. En esta configuración, puede poner en órbita baja terrestre 23.700 kg,, suficiente como para elevar las distintas estaciones espaciales soviéticas y rusas, así como los módulos Zarya, Zvezda y Nauka de la ISS. Tras la versión inicial, llegó la Proton-K y actualmente en servicio, la Proton-M y, si no hay cambios al plan, aún podrá volar hasta el 2030.

Durante un tiempo, la NASA quiso que su transbordador fuera su único lanzador, pero no evitó que desarrollara cohetes. Al final, el Titan-IVB fue, durante un tiempo, su mayor lanzador. Sí, era capaz y potente, ya que fue quien puso a Cassini-Huygens en camino de Saturno. Y era capaz de situar casi veintidós mil kilogramos de carga útil en órbita baja terrestre. Para lograrlo, usaba una etapa núcleo de dos etapas que quemaban combustibles hipergólicos, y dos aceleradores de combustible sólido, expulsables. Como opción, una etapa criogénica Centaur-T. Capaz, sí, pero preocupaciones por su seguridad provocaron su destierro. Los combustibles hipergólicos fueron los causantes.

A partir de la década del 2000 han aparecido muchos tipos de lanzadores pesados. Cohetes como los Atlas V, Delta iV, Ariane 5, H-II, GSLV Mk.III o CZ-5 poseen capacidades semejantes, entre diez y veintiocho toneladas de carga útil en órbita baja, usando combinaciones normales de combustible: keroseno y oxígeno líquido, o sólidos y criogénicos, o únicamente criogénicos. Sin embargo, los tres primeros tienen los días contados. Han aparecido nuevos concursantes en esta dura competición. ¿Por qué lanzadores pesados y no otros más ligeros? Es como lo que ocurre en el transporte marítimo: cuanto mayor sea el buque de contenedores, más contenedores transportará, lo que significa bajar la factura total. Con ellos pasa lo mismo, con el Ariane 5 especializándose en envíos duales a órbitas de transferencia geoestacionaria.

El 24 de enero del 2018, el suelo en Cabo Cañaveral tembló. No, no fue por un terremoto, sino por la prueba de motores de la bestia de SpaceX, el Falcon Heavy. Esta joven y determinada compañía ha recorrido un camino muy largo en muy poco tiempo desde su fundación allá por el 2002. La base del Falcon Heavy es el exitoso Falcon 9, un lanzador ya muy capaz de situar en órbita baja terrestre hasta casi veintitrés toneladas de carga. Su hermano mayor es, en esencia una versión aumentada, incorporando a su etapa núcleo otras dos, actuando como aceleradores laterales, en una configuración semejante a la del Delta IV-Heavy, pero mucho más potente. Por supuesto, lo que parecía fácil distó de serlo, pero este lanzador, el segundo actual por potencia en servicio, tras el SLS, puede situar hasta 63.8 toneladas en órbita baja, y en órbita de transferencia geoestacionaria casi veintisiete, o casi diecisiete camino de Marte, y tres y media en dirección a Plutón. ¿Cómo lo consigue? Con los tres núcleos, junta un total de veintisiete motores Merlin 1D, generando no sólo temblores de tierra, también un gran empuje. Por ello, no sólo ha sido seleccionado para enviar la misión Europa Clipper a Júpiter, sino para mandar a la Luna los dos primeros elementos de la estación espacial Gateway, en un único lanzamiento. Y todo, usando RP-1 y oxígeno líquido en todas sus etapas.

Para el futuro inmediato, o cercano, pronto llegarán nuevas generaciones de lanzadores pesados, como el Ariane 6, el Vulcan-Centaur, el New Glenn, la familia rusa Angara o el japonés H3, todos con prestaciones comparables, de entre diez y cuarenta y cinco toneladas a órbita baja terrestre. Pero hay uno que se sale de la liga.

China tiene un ambicioso programa lunar, y todos los pasos que está dando para la exploración selenita les llevará a situar taikonautas en su superficie. Y, por supuesto, necesita para ello un lanzador con potencia. Su solución: el CZ-9. Sus características no están definidas al cien por cien, pero promete ser una verdadera bestia, con hasta veintiséis motores en su primera etapa, usando metano y oxígeno líquido en su primera etapa (criogénicos en el resto), ciento once metros de altura, y capacidad en órbita baja de hasta 150.000 kg, de carga útil, y cincuenta hacia la Luna. ¿Para cuándo volará? Si los plazos se cumplen, para antes de finales de la década.

Y no podemos cerrar esta entrada sin mencionar la rara avis de los lanzadores: Starship. Pensada, al principio, como una extravagancia del fundador de SpaceX, está en vías de ser una realidad. Starship fue pensada, al principio, como una nave de colonización, plenamente reutilizable, y ahora se usará como lander tripulado para las futuras misiones Artemis. Su colosal primera etapa, de hasta setenta

metros de alto y nueve de diámetro, cuenta con hasta treinta y tres motores llamados Raptor agrupados en tres anillos de tres, diez y veinte unidades. Usará oxígeno y metano líquido como combustible, proporcionando, en seco, el doble de potencia que el Saturn V. En cuanto a la segunda etapa, o la propia Starship, sólo usará seis. Con un volumen interno total de mil metros cúbicos, podrá situar en órbita cargas de hasta ciento cincuenta toneladas.

Ya veis, cuanto mayores, mejor. Aunque, visto lo visto, nos estamos pasando un poquito. Hay demasiada competición. ¿Qué tal si colaboramos todos? Es sólo un deseo.

jueves, 25 de agosto de 2022

Las próximas misiones a la Luna: Lunar IceCube

¿Agua en la Luna, en ese secarral tostado por el Sol? Hace no tanto tiempo, pensar en esa posibilidad era algo descabellado. Ahora, su existencia es una certeza, o así. Cierto, el primer aviso de su existencia nos lo proporcionó Clementine, y luego Lunar Prospector lo confirmó, de aquella manera, con su espectrómetro de neutrones. El problema con este tipo de instrumentación es que registran hidrógeno, por lo que se asume que se detecta agua en forma de hielo. Pero, ¿existe otra forma de detectarlo, entonces?

En el infrarrojo, hay varias líneas que denuncian su existencia, así como la de otros elementos volátiles. Pero podéis pensar: después de tanto tiempo, ¿no se había detectado todavía? Pues tuvimos que esperar a Chandrayaan-1 y a un instrumento en ella proporcionado por la NASA llamado M3 o Cartógrafo Mineralógico Lunar. Este sensor compacto fue capaz de detectar no sólo la señal del agua, en los tres micrones de longitud de onda, sino también de otros elementos volátiles relacionados con el hidrógeno. Desgraciadamente, esta sonda de ISRO sólo aguantó funcionando trescientos doce días, por lo que no se pudieron conseguir más datos que de parte de la cara visible de nuestro satélite. ¿Casualidad? No, porque la sonda Deep Impact, por ejemplo, también registró agua y otros elementos volátiles desde lejos, bastante lejos. Aún más, las longevas investigaciones de LRO han
permitido a sus sensores Diviner, LOLA, LAMP y LEND a detectar que el hielo de agua lunar, y los elementos volátiles, no se concentran solamente en las regiones en sombra permanente. No, porque también en latitudes medias selenitas se han registrado. Pero, ¿cuánto hay? ¿Es alcanzable? Bueno, si con LunaH-Map lo averiguaremos en el polo sur, otra se encargará de hacerlo por casi toda la Luna. Presentémosla.

 

Lunar IceCube

Lunar IceCube es la segunda de las misiones preparadas para cuantificar cuánto hielo y elementos volátiles hay en la Luna. Como Cubesat, emplea, también, una configuración 6U, y por lo tanto un tamaño de 10 x 20 x
30 cm, y en el interior de esta diminuta plataforma, todo lo básico para funcionar. Como ordenador, se ha escogido uno de baja energía pero alto rendimiento, usando como procesador una unidad Proton400K, de doble núcleo y resistente a la radiación. Dirigirá todas las operaciones de a bordo. Como radio, también usará el transpondedor Iris del JPL, que transmitirá en ratios de hasta 128 kilobits por segundo. Para su control de actitud, recurre al diminuto paquete XACT de Blue Canyon Technology, que cuenta en una misma carcasa de unidad de medición inercial, un sensor solar, escáneres estelares, ruedas de reacción, y demás. En cuanto a la propulsión, confiará en el motor iónico BIT-3 de Busek, como LunaH-Map, con idénticas características. En cuanto a generación de energía, usará dos paneles solares de tres secciones cada uno, y una batería de ión-litio. Y el control termal, el básico en estos casos, pero aumentado por el uso del motor iónico. Su único instrumento se llama BIRCHES, Espectrómetro Compacto Infrarrojo de Banda ancha para Exploración en Alta Resolución. Nombre
grandilocuente para un aparato que apenas mide 10 x 10 x 15 cm el instrumento, porque cuenta con un juego de electrónicas de control separado, lo que le hace ocupar un espacio de 1.5U en total, pesando 2.5 kg. Se basa en los sistemas Ralph/LEISA de New Horizons y OVIRS de OSIRIS-REx. Tras la apertura, hay un sistema telescópico reflector de dos espejos que sirve a un detector de mercurio-cadmio-telurio de 1024 x 1024 pixels, y un filtro lineal variable (en esencia, una placa de filtros) justo delante del sensor. Un aspecto interesante de BIRCHES está en el uso de un iris ajustable de cuatro lados, cuya misión es ajustar el tamaño de la apertura para siempre poder tener un campo de visión aproximado de 10 km. Trabajará como un espectrómetro de punto, es decir, que irá escaneando una región cada vez, en lugar de ir escaneando toda la superficie en modo de barrido. Limitaciones del almacenamiento y el ancho de banda han llevado a esta decisión para un sistema que podría trabajar como un espectrómetro de imágenes. Su rango de observación estará entre los 1 y 4 micrones del infrarrojo cercano, con una resolución espectral ancha (líneas de emisión de 10 nanómetros de ancho), y si bien centrado en elementos volátiles, como el hielo de agua, ácido sulfhídrico, amoniaco, dióxido de carbono, metano hidróxilo y otros, también capturará datos para estudios de minerales como el piroxeno, la olivina, óxidos de hierro, carbonatos, sulfuros o silicatos hidratados. Ah, como último detalle de BIRCHES, el sensor necesita refrigeración, por lo que se ha optado por una solución activa, empleando un criorefrigerador en miniatura y unas electrónicas de control propias. Con todo el paquete ensamblado, Lunar IceCube declarará una masa de 14 kg. 
 
Artemis 1 en plataforma
 
No hace falta decirlo, pero como siempre, lo haremos: su lanzamiento, a bordo del mega cohete SLS que enviará a la primera nave Orion a la Luna. Su despegue, para el día veintinueve.

Su camino hacia la Luna también será largo, y complicado. Será de los primeros en separarse de la etapa superior ICPS; eso le dará tiempo a sus controladores para verificar su estado. ¿Por qué? Hay razón: se ha planeado que, en los días previos a su sobrevuelo lunar, use su motor iónico para ir reduciendo gradualmente su energía orbital. De este modo, no se perderá en el espacio profundo, sino que quedará atrapado en el espacio dominado por la gravedad del sistema Sol-Tierra. Tras el sobrevuelo lunar, parecerá que Lunar IceCube se nos va, pero regresará precisamente por el tirón de la gravedad terrestre. Un sobrevuelo lejano a nosotros hará que vaya aún más lejos, casi en dirección al Sol y al punto L1, pero para repetir sobrevuelo, éste más cercano, poniéndole en trayectoria como para regresar al punto L1, pero no, porque retornará al sistema Tierra-Luna para la final inserción orbital selenita, previo uso de su impulsión iónica durante casi dos meses consecutivos y así conseguir el hito. Y una vez orbitando nuestro
satélite, usará su motor iónico para reducir su órbita elíptica polar a una que puede tener unos parámetros de 100 km. en el perigeo y 5000 en el apogeo. Una vez en su órbita, será capaz de observar las mismas regiones cada paso orbital, pero en distintos momentos del día, así durante seis ciclos lunares, con la posibilidad de que, al final de su misión principal, haya conseguido una cobertura solapada de hasta el 10% de la superficie solar por todas sus latitudes. Por supuesto, una misión extendida sería todavía más beneficiosa.

Su misión se basa en tres principios: permitir una determinación espectral de banda ancha de la composición y distribución de los volátiles en el regolito lunar y similares en función del momento del día, latitud, edad y composición; proporcionar contexto geológico por la determinación espectral de los principales minerales; y así comprender la dinámica actual de los volátiles, sus fuentes, sumideros y procesos, con implicaciones para determinar el origen de estos elementos.

Este es sólo el tercero de los diez Cubesats que volarán en Artemis 1. Los otros siete son: BioSentinel, LunIR, CuSP, EQUULEUS y OMOTENASHI de Japón, ArgoMoon de la Agencia Espacial Italiana, y Team Miles. Eran originalmente trece, pero los últimos no llegaron a tiempo para su integración, y volarán en otros lanzamientos.

Suerte para todos.