Ahora que está en boca de casi todos el nuevo y colosal cohete de la
NASA, el famoso SLS, se nos ha
ocurrido hablar de algunos cohetes que han podido, pueden, y podrán, lanzar
grandes cargas al espacio. Es simple cuestión de potencia, o de buscar
soluciones ingeniosas.
Para mandar al ser humano a la Luna, se necesita un lanzador
extraordinariamente capaz. No es como enviar un satélite al espacio: en un
vuelo tripulado, no sólo se lanza un vehículo, también a su tripulación, aire
para respirar, agua para beber y lavarse, equipaje y otros objetos personales…
Vamos, como cuando te vas de vacaciones, pero pelín más caro. ¿Qué solución
adoptó la NASA? El célebre
Saturn V. Todos
sabéis cómo es, alto, grueso, enérgico. Con casi ciento once metros de altura
hasta la torre de salvamento de
Apollo,
es el cohete más alto que se haya lanzado. Pero también se diseñó para ser
potente. Era capaz de situar en órbita baja terrestre hasta ciento cuarenta mil
kilogramos de masa, suficiente como para que la tercera etapa pusiera en dirección
a la Luna el conjunto entre los módulos de mando y servicio y el módulo lunar. El
Saturn V era un lanzador de tres
etapas, con la primera, usando cinco motores Rocketdyne F-1, proporcionando un
empuje en seco de 35.100 kilo Newtons (kN) de fuerza, una segunda usando
también cinco motores de Rocketdyne, modelo J-2, con una potencia máxima de
5141 kN de empuje, y la tercera, con un único propulsor J-2, entregando 1033 kN
de fuerza. La clave de la potencia y capacidades del
Saturn V estaba en la utilización de combustibles criogénicos (hidrógeno
y oxígeno líquidos), ya que son capaces de proporcionar, a igualdad de capacidad
de combustible, un mayor impulso específico. Para su primera etapa, se usaba
keroseno altamente refinado (conocido como RP-1) y oxígeno líquido. Un cohete
con muchas medidas de seguridad, que no falló ni una sola vez cuando voló con
astronautas. Y no es cierto que sólo sirviese para las misiones Apollo. De
hecho, la estación espacial
Skylab (más
de setenta y seis mil toneladas de masa) era una tercera etapa reconstruida, y
puesta en órbita con sólo dos etapas. Sí, era colosal y potente. Y un ejemplo a
seguir.
Durante años, la extinta Unión Soviética negó tener planes o
ambiciones de situar un ser humano sobre la Luna. Pero lo cierto es que los
tuvieron, y el lanzador que debía haber sido su pieza central era el mítico
N1. Mejor llamado
N1-L3, era un sistema de cinco etapas, todas usando RP-1 y oxígeno
líquido como combustible. Fue la obra final de Sergei Korolev quien, por
desgracia, nunca lo vio despegar, porque falleció casi tres años antes de su
primer vuelo. Podemos considerarlo una especie de súper
Soyuz, un cohete de forma cónica y ciento cinco metros de altura,
cuya primera etapa es de record, no batido, con una base de diecisiete metros
de diámetro y un total de treinta motores NK-15, con un anillo externo de
veinticuatro unidades, y uno interno de seis. Todo controlado por un sistema
exclusivo. El empuje de esta primera etapa era superior a la del
Saturn V, de hasta 45.400 kN de empuje. Hay
que decir que en la combinación
N1-L3,
N1 se correspondía en las tres
primeras etapas del conjunto, y
L3 era
la etapa que iría a la Luna, con dos propulsores. Así, la segunda etapa del
N1, de ocho motores NK-15V,
proporcionaba una potencia de 14040 kN, y la tercera etapa, con cuatro motores
NK-21, 1610 kN, entregando las noventa y cinco toneladas de la fase
L3 a órbita baja terrestre. Sólo hubo
cuatro intentos de lanzamientos de prueba, todos calamitosos, por desgracia,
con el segundo destruyendo por completo la plataforma de lanzamientos. Su vuelo
más largo fue de ciento siete segundos, antes de perderse. ¿Por qué fracasó? Al
fallecimiento de Korolev se le sumaron otros imponderables: poco presupuesto,
calendario de pruebas apresurado, ausencia de pruebas clave, la disputa
Korokev-Glushko sobre los motores que se debían usar… Todo conspiró para que el
sueño del
N1 se convirtiese en
pesadilla. Ya hablaremos de qué plan tenía la Unión Soviética de una misión
lunar.
Un contemporáneo del
N1
sigue volando, y aún le queda tiempo de vuelo. Nos referimos al
Proton. La criatura de Vladimir Chelomei,
ha sido, durante bastante tiempo, el lanzador más potente en servicio, exceptuando
al transbordador, por supuesto. Hay que admitir una cosa sobre el
Proton: a Korolev no le gustaba. La
razón hay que buscarla en su combustible, porque usa líquidos hipergólicos (es
decir, reaccionan al contacto y prenden), ya que es altamente tóxico. Pero este
tipo de combustibles eran los favoritos de Glushko. El
Proton, o
UR-500, iba a
ser una alternativa al antes mencionado, porque con sus tres etapas, ofrecía
potencia como para mandar una nave
Soyuz
con dos cosmonautas en una misión semejante a la que hizo
Apollo 8. Por supuesto, no se compara en potencia o dimensiones a
los anteriores, con una altura de cincuenta y tres metros, y tres etapas con
potencias de 10470, 2399 y 630 kN, respectivamente, usando seis motores RD-275
en la primera etapa, cuatro (tres RD-0210 y un RD-2011) en la segunda y un
RD-0212 en la tercera. En esta configuración, puede poner en órbita baja
terrestre 23.700 kg,, suficiente como para elevar las distintas estaciones
espaciales soviéticas y rusas, así como los módulos
Zarya,
Zvezda y
Nauka de la ISS. Tras la versión
inicial, llegó la
Proton-K y
actualmente en servicio, la
Proton-M
y, si no hay cambios al plan, aún podrá volar hasta el 2030.
Durante un tiempo, la NASA quiso que su transbordador fuera su único
lanzador, pero no evitó que desarrollara cohetes. Al final, el
Titan-IVB fue, durante un tiempo, su
mayor lanzador. Sí, era capaz y potente, ya que fue quien puso a
Cassini-Huygens en camino de Saturno. Y era
capaz de situar casi veintidós mil kilogramos de carga útil en órbita baja
terrestre. Para lograrlo, usaba una etapa núcleo de dos etapas que quemaban
combustibles hipergólicos, y dos aceleradores de combustible sólido,
expulsables. Como opción, una etapa criogénica
Centaur-T. Capaz, sí, pero preocupaciones por su seguridad
provocaron su destierro. Los combustibles hipergólicos fueron los causantes.
A partir de la década del 2000 han aparecido muchos tipos de
lanzadores pesados. Cohetes como los Atlas
V, Delta iV, Ariane 5, H-II, GSLV Mk.III o CZ-5 poseen capacidades semejantes, entre diez y veintiocho
toneladas de carga útil en órbita baja, usando combinaciones normales de
combustible: keroseno y oxígeno líquido, o sólidos y criogénicos, o únicamente
criogénicos. Sin embargo, los tres primeros tienen los días contados. Han
aparecido nuevos concursantes en esta dura competición. ¿Por qué lanzadores
pesados y no otros más ligeros? Es como lo que ocurre en el transporte
marítimo: cuanto mayor sea el buque de contenedores, más contenedores
transportará, lo que significa bajar la factura total. Con ellos pasa lo mismo,
con el Ariane 5 especializándose en
envíos duales a órbitas de transferencia geoestacionaria.
El 24 de enero del 2018, el suelo en Cabo Cañaveral tembló. No, no fue
por un terremoto, sino por la prueba de motores de la bestia de SpaceX, el
Falcon Heavy. Esta joven y determinada
compañía ha recorrido un camino muy largo en muy poco tiempo desde su fundación
allá por el 2002. La base del
Falcon
Heavy es el exitoso
Falcon 9, un
lanzador ya muy capaz de situar en órbita baja terrestre hasta casi veintitrés toneladas
de carga. Su hermano mayor es, en esencia una versión aumentada, incorporando a
su etapa núcleo otras dos, actuando como aceleradores laterales, en una
configuración semejante a la del
Delta
IV-Heavy, pero mucho más potente. Por supuesto, lo que parecía fácil distó
de serlo, pero este lanzador, el segundo actual por potencia en servicio, tras
el
SLS, puede situar hasta 63.8
toneladas en órbita baja, y en órbita de transferencia geoestacionaria casi
veintisiete, o casi diecisiete camino de Marte, y tres y media en dirección a
Plutón. ¿Cómo lo consigue? Con los tres núcleos, junta un total de veintisiete
motores Merlin 1D, generando no sólo temblores de tierra, también un gran
empuje. Por ello, no sólo ha sido seleccionado para enviar la misión
Europa Clipper a Júpiter, sino para
mandar a la Luna los dos primeros elementos de la estación espacial
Gateway, en un único lanzamiento. Y
todo, usando RP-1 y oxígeno líquido en todas sus etapas.
Para el futuro inmediato, o cercano, pronto llegarán nuevas
generaciones de lanzadores pesados, como el Ariane
6, el Vulcan-Centaur, el New Glenn, la familia rusa Angara o el japonés H3, todos con prestaciones comparables, de entre diez y cuarenta y
cinco toneladas a órbita baja terrestre. Pero hay uno que se sale de la liga.
China tiene un ambicioso programa lunar, y todos los pasos que está
dando para la exploración selenita les llevará a situar taikonautas en su superficie.
Y, por supuesto, necesita para ello un lanzador con potencia. Su solución: el
CZ-9. Sus características no están
definidas al cien por cien, pero promete ser una verdadera bestia, con hasta veintiséis
motores en su primera etapa, usando metano y oxígeno líquido en su primera
etapa (criogénicos en el resto), ciento once metros de altura, y capacidad en
órbita baja de hasta 150.000 kg, de carga útil, y cincuenta hacia la Luna. ¿Para
cuándo volará? Si los plazos se cumplen, para antes de finales de la década.
Y no podemos cerrar esta entrada sin mencionar la rara avis de los lanzadores: Starship.
Pensada, al principio, como una extravagancia del fundador de SpaceX, está en
vías de ser una realidad. Starship
fue pensada, al principio, como una nave de colonización, plenamente
reutilizable, y ahora se usará como lander tripulado para las futuras misiones Artemis. Su colosal primera etapa, de
hasta setenta
metros de alto y nueve de diámetro, cuenta con hasta treinta y
tres motores llamados
Raptor
agrupados en tres anillos de tres, diez y veinte unidades. Usará oxígeno y
metano líquido como combustible, proporcionando, en seco, el doble de potencia
que el
Saturn V. En cuanto a la
segunda etapa, o la propia
Starship, sólo
usará seis. Con un volumen interno total de mil metros cúbicos, podrá situar en
órbita cargas de hasta ciento cincuenta toneladas.
Ya veis, cuanto mayores, mejor. Aunque, visto lo visto, nos estamos
pasando un poquito. Hay demasiada competición. ¿Qué tal si colaboramos todos?
Es sólo un deseo.