El cometa Hale-Bopp, desde ISO
domingo, 31 de mayo de 2020
miércoles, 20 de mayo de 2020
Tiempo y distancia
¿Cuánto tardáis en ir de un sitio a otro? Esa respuesta depende tanto de la velocidad a la que vayáis como de lo lejos que esté. Naturalmente, cruzar la calle y volver no es nada. Recorrer un país de tamaño medio puede llevar varias horas, y si pensamos en naciones gigantescas como Rusia la cifra puede llevarnos a los días. También depende del medio de transporte, por tierra, mar o aire, siendo éste último el más rápido. Por supuesto, distancias de miles de km. pueden parecernos enormes, pero en el espacio no son nada.
¿Que queréis viajar a la Luna? Fácil: coged el cohete más potente que se os ocurra, cargadlo hasta los topes, y lánzalo. En esencia, eso era el programa Apollo, tardando aproximadamente tres días. La distancia media entre nosotros y nuestro satélite son los archiconocidos 384.000 km. que, aunque inmensa, no es nada en escala cósmica. Claro, hay vehículos que han tardado muchísimo menos, y quien ostenta el récord de rapidez en cruzar esta franja de espacio es New Horizons, que los atravesó en 9 horas.
Vayámonos al planeta más cercano, es decir, Venus. A 40 millones de km. de nosotros, la distancia puede abrumar, y el viaje por la ruta más corta nos llevará unos 4 o 5 meses en recorrerlo. En el caso de Marte, a 58 millones de km., la ruta más corta nos permite cruzar el hueco entre nosotros y el planeta rojo en seis, tal vez siete meses. Pensando en Júpiter, son más de 500 millones de km., y la ruta corta la recorremos en 13 meses. Y ya, volviéndonos locos, tiremos para Plutón, a unos 6000 millones de km., distancia que, sin ayuda, puede llevarnos más de 15 años, con suerte.
Claro, cuanto más lejos, más ceros se acumulan, por lo que se necesita una unidad de medición más sencilla. Los astrónomos pensaron que una buena forma de fijar una apropiada era la distancia entre la Tierra al Sol, en total unos 150 millones de km. Había nacido la Unidad Astronómica. ¿En qué se traduce? En distancias que parecen más asumibles. Por ejemplo, Mercurio solo está a 0.4 unidades astronómicas del Sol, Venus a 0.7, Marte a 1.5, el gran asteroide Ceres a 2.8 y Júpiter a 5.2. En ese momento, la cosa aumenta notablemente, con Saturno a 9.6, Urano a 19.2, Neptuno a 30.1, y ya tirando aún más lejos, Plutón está a
39.5, Quaoar a 42.7, Arrokoth a 44.6 o Makemake a 45.6. No esperéis llegar pronto a esos lugares, porque sí, están lejos, MUY lejos, a millones y millones de km., y puestos a divagar, nos metemos en la Nube de Oort, la acumulación de cuerpos helados que genera los cometas que cada cierto tiempo nos visitan. ¿A qué distancia están? Uf, lejillos, en una franja del espacio de entre 2000 y 200.000 unidades astronómicas. En la porra, vamos. Da que pensar, y provoca que recordemos a las dos sondas Voyager, volando ya fuera de la influencia de la heliosfera, la zona del espacio dominada por el viento solar. ¿A qué distancia termina? Depende de cómo se comporte Helios. Voyager 1 cruzó la heliopausa a 121 unidades astronómicas en el año 2012, y su hermana hizo lo propio a unos 120. 43 años después de su despegue, ahí siguen, estando a 149 y casi 124 unidades astronómicas del Sol, recorriendo 3.5 unidades astronómicas cada año, y gracias a los impulsos de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Sin ellos, no habrían llegado tan lejos tan rápido.
¿Queréis ir más lejos? Vale. Apuntemos a Proxima Centauri, la estrella más cercana. Puesto que tiene un planeta, no hay mejor sitio en el que parar. Para llegar allí "sólo" hay que recorrer 40.208.000.000.000 km. ¿Estimulante? Bueno, pongámoslo de otra forma. Traducido a Unidades Astronómicas, la cosa se pone en "apenas" 268.000. ¿Qué, seguís sin ganas? Bueno.
Por supuesto, la Unidad Astronómica es fácil de aplicar a nuestro sistema solar y a otros, pero al tratarse de distancia entre estrellas, los ceros vuelven a ser legión. Por ello, se necesita otra escala de medición. Para que la entendáis, tened clara una cosa. Cuando levantéis la vista y observéis la Luna, no la estáis viendo en tiempo real, sino que es la luz que reflejó hace apenas unos segundos, por lo que estamos viendo nuestro satélite tal y como era hace unos segundos. Si te atreves a mirar a Helios, con protección, cómo no, la luz que nos llega la emitió hace unos minutos, por lo que así ERA hace unos minutos. Usando un telescopio para ver planetas como Venus y Marte, nos encontramos con el mismo fenómeno, la luz que nos llega la reflejaron hace minutos, y pretendemos hacer lo mismo con los planetas exteriores, la cosa se alarga a decenas de minutos, incluso horas. En términos más simples: las señales de radio desde Marte pueden tardar en llegar de 4 a 20 minutos desde su emisión hasta que llegan, dependiendo de la distancia entre nosotros y el planeta rojo, las señales desde Saturno, sólo de ida, se alargaban a más de una hora, mientras que la confirmación del sobrevuelo exitoso de New Horizons con Plutón en julio del 2015 tardó más de cuatro horas. Y no digamos ya Voyager 1, cuya señal de radio tarda en llegar más de 18 horas. ¿Por qué? Por la velocidad de la luz, calculada en, aproximadamente, 300.000 km/s, un límite que muchos consideran universal (aunque lo mismo se pensaba de la velocidad del sonido, pero esa es otra historia). Como podéis imaginar, se empezó a asociar este tiempo a una distancia fija, y así nació una nueva escala de medida. No hace falta decir que, desde donde están las sondas Voyager hacia fuera, el espacio interestelar, la cosa aumenta.
Volvamos a Proxima Centauri. Como os hemos mostrado, el hueco entre nosotros y la estrella más próxima es notable, y a medida que salimos en su busca, las horas luz se traducen en días, semanas, meses, incluso años. De este modo, viajando a la velocidad de la luz, tardaríamos 4.22 años en llegar. Está claro que necesitaríamos de buenos pasatiempos. Visto lo visto, ¿por qué no asociar el tiempo que se tarda con la distancia que hay? Ahí tenéis el año luz. ¿En cuánto se traduciría un año luz en las anteriores mediciones? Bueno, en kilómetros, serían 9461 TRILLONES de km., y en unidades astronómicas, 63.241. Partiendo de Proxima, y alejándonos a unos 10 años luz de nuestra estrella, nos encontramos con otras estrellas, como Procion, Ross 128, 61 Cygni, Epsilon Eridani, el sistema doble de Sirio, Lalande 21185, la Estrella de Barnard, la Estrella de Luyten o Wolf 359, entre otras.
Saliendo del vecindario próximo al Sol, saltamos allí fuera, en busca de exoplanetas interesantes. Uno de los mayores candidatos a planeta probable tipo Tierra es Kepler-186f, "sólo" situado a 582 años luz. Más cerca tenemos Gliese 581c (20 años luz), los cuatro últimos del sistema TRAPPIST-1 (39 años luz), GJ 1214b (42 años luz), 55 Cancri f (41 años luz), Gliese 163 c (49 años luz), y más. Otros espectáculos de nuestra galaxia, la Vía Láctea es la Nebulosa de Orión, que dista de nosotros aproximadamente unos 1344 años luz, o el centro galáctico, a 26.000. Saliendo fuera, por ejemplo, la Gran Nube de Magallanes está a unos 163.000 años luz, la célebre M31, o Andrómeda, dista de nosotros 2.5 millones de años luz, o si ya nos vamos a la verdadera porra cósmica, al mismo Big Bang, situado a unos 13.8 billones de años luz. Mucho tiempo, mucha distancia.
¿Se puede esto simplificar más? Si, se llama pársec. Esta medida de distancia se ha fijado en un equivalente a 3.26 años luz, lo que significa que Proxima Centauri está a solo 1.3 pársecs, Wolf 359 a 2.4, Lalande 21185 a 2.5, Kepler-186f a 178.5, Orión a 412, y Andrómeda a 780. Más allá de ahí, ya llegan los megapársecs y gigapársecs...
Como hemos comprobado, dinos el tiempo, y os diremos la distancia. Sin duda, no es distinto a cómo nos movemos en la Tierra, solo que la escala es, digamos, un poco mayor. Así podréis imaginar que si algo parece estar cerca, en realidad no lo está, y si algo está lejos, tal vez lo esté más. En fin, dejar volar la imaginación, y podréis recorrer años luz en un segundo.
jueves, 30 de abril de 2020
martes, 31 de marzo de 2020
viernes, 13 de marzo de 2020
¿Cuál será, será?
Ya las tenemos aquí: las
finalistas para ser la (o las) próximas misiones Discovery. A partir de ahora,
les queda un año para mejorar todavía más las propuestas seleccionadas antes de
que la NASA escoja las que serán las misiones número 15 y 16 de este longevo y
exitoso programa de exploración planetaria.
El programa Discovery ha dado pie
de explorar cuerpos celestes anteriormente no visitados, o de investigar de un
nuevo modo otros ya bien examinados. A pesar de todo, hay destinos que todavía
no ha tocado. Ya lo sabéis, las misiones de este programa han visitado
asteroides (dos ya concluidas y dos por lanzar), cometas (dos con éxito, la
tercera se quedó por el camino), la Luna, Marte, Mercurio, el Sol, además de
una misión exoplanetaria. De entre estos destinos, todos concentrados en el
sistema solar interior, falta uno: Venus. Y no nos podemos olvidar que, hasta
ahora, ninguna se ha aventurado al sistema solar exterior, más allá del
cinturón de asteroides principal. Parece que los gestores de Discovery han decidido
subsanar esta carencia con las cuatro propuestas finalistas seleccionadas, dos
a Venus y dos al sistema solar exterior, con destino cada una a satélites
singulares. Conozcámoslas mejor.
Lo cierto es que ya las hemos
mencionado en una anterior entrada, en la que hablamos acerca de las lagunas
sobre nuestros conocimientos sobre la Diosa de la Belleza. La primera es DAVINCI+, la Investigación de la
Atmósfera Profunda de Venus de Gases Nobles, Química e Imágenes Plus. Esta es
la segunda vez que llega a la final, la vez anterior solo como DAVINCI, y de entonces a ahora se han
producido algunos cambios. Bien, el propósito sigue siendo el mismo: estudiar
la composición exacta de la atmósfera venusina usando instrumentación moderna,
con la intención de resolver las preguntas que versan sobre el origen, la
evolución, la probable presencia de un océano pretérito en la superficie y la
actividad volcánica en el planeta, entre otras cosas. Mientras que la propuesta
del 2016 solo contemplaba la sonda atmosférica (provocando una misión breve y
un retorno de datos limitado), DAVINCI+
transforma la etapa de crucero como un orbitador equipado con una cámara
especialmente diseñada para estudiar Venus. Es cierto que misiones anteriores
han hecho lo que DAVINCI+ pretende
repetir, pero las últimas en hacerlo alcanzaron el planeta hace 35 años, y en
este tiempo la tecnología de detección ha avanzado enormemente. El perfil de
misión para la nueva propuesta es el siguiente: se lanzaría a finales de mayo
del 2026 en trayectoria de transferencia directa a Venus, durando el tránsito
seis meses, al final de los cuales la combinación orbitador-sonda atmosférica
practicarían un sobrevuelo al planeta para permitir que la cámara de la misión
tome imágenes de Venus en infrarrojo y ultravioleta (además contaría con un
modo experimental de campo ancho en luz visible), comenzando un tránsito de
retorno al planeta durante dos órbitas en las que se incluye un segundo
sobrevuelo para la obtención de imágenes. Solo al final de este tránsito, de 16
meses de duración, se lanzaría la sonda atmosférica, dos días antes del
encuentro, y mientras el orbitador cumple su función de plataforma de
retransmisión de datos, el elemento principal de la misión cumpliría la suya,
empleando un espectrómetro de masa a la última (herencia del SAM de Curiosity), instrumentación para la
investigación de la estructura atmosférica, y finalmente, una cámara de
descenso que capturará toda la caída hasta la superficie, primero en luz
infrarroja, y luego en luz visible, permitiendo éstas últimas obtener
información para generar modelos de elevación digitales, con un sistema
herencia de los diseñados también para Curiosity).
Interesantemente, la sonda atmosférica de DAVINCI+
apunta a caer en una de las regiones conocidas como Tessera, concretamente la
llamada Alfa Regio, para tratar de entender sus orígenes y su evolución. Aquí no
acabaría la misión, porque el orbitador seguiría volando, orbitando el Sol
durante otros siete meses más antes de, finalmente, entrar en órbita, para una
tarea primaria de seis meses indagando en el planeta con su único instrumento. DAVINCI+ es una respuesta directa a una
de las necesidades de la comunidad científica que ya reclamaron en un informe del 2010.
También conocida es VERITAS, la misión de Emisividad, Radio
Ciencia, InSAR, Topografía y Espectroscopia de Venus. Su tarea es la de
compilar un mejor mapa de la superficie de Venus empleando un sistema de radar
de apertura sintética, o SAR, más potente que el que cargó Magallanes en su día, fabricando así una cartografía casi global
con resoluciones de 30 metros o mejores. Con Magallanes, este mapa solo ofrece una resolución de 1 km., y como se ha demostrado en otros cuerpos
del sistema solar, una mejor resolución también da mejor información sobre cómo
se ha desarrollado, cuáles han sido sus procesos, qué ocurre actualmente, y
descubrir cosas nuevas. Este sistema de SAR se basa en los desarrollados para
estudios terrestres, pero adaptado en tamaño y masa, así como para soportar
altas temperaturas, para operar en Venus, contando con una característica muy
interesante que es la interferometría por SAR, en la que se pueden juntar dos
imágenes de una misma zona pero tomadas con días o semanas de separación y ver
qué cambios se han producido, o si ha habido cambios. A este sistema de SAR,
que trabajaría en banda-X (sistemas anteriores lo hacían en banda-S) se le
suma, como en la vez anterior, una cámara infrarroja para, aprovechando las
ventanas atmosféricas que son transparentes en esta longitud de inda, estudiar
no la geografía, y si no la geología. De hecho, Venus es la anomalía en el
sistema solar, porque desconocemos cuál es exactamente la composición de su
superficie, todo por las nubes que todo lo cubren. Como orbitador, VERITAS quedaría en una trayectoria
polar, pero a diferencia de misiones anteriores, usaría el aerofrenado para
reducir su órbita para hacerla extremadamente cerrada y circular, situada a 250
km. de altitud, no solo beneficiosa para el SAR y la cámara infrarroja, también
para hacer estudios profundos de radio ciencia y así poder caracterizar mejor
la estructura interna de Venus. Huelga decir que la sonda deberá estar más que
preparada para soportar los duros rigores en el entorno planetarios, en lo que
a calor recibido se refiere.
Lanzándonos más allá del cinturón
de asteroides, una de las propuestas al sistema solar exterior apunta nada
menos que a Io. La volcánica luna joviana es objeto de un altísimo interés, y un
equipo científico lleva luchando desde el 2009 por sacar adelante una misión
hacia allí. Conocida inicialmente como Io
Observer, apuntaba a observar en el satélite los procesos de formación
planetaria en acción, véase vulcanismo, porque se entiende que estos procesos
han sido importantes en los cuatro planetas interiores, así como en la Luna. De
ese modo, la intención era indagar en Io de fuera hacia adentro para responder
a este proceso fundamental. Pero el tiempo pasaba, al igual que las
oportunidades. Así, para la vez anterior, la propuesta, ya conocida como IVO (el Observador de los Volcanes de io),
se reformuló con otro objetivo en mente: el calor. Las mediciones muestran
temperaturas extremas en la superficie, con puntos calientes que superan los
1000ºC. Obviamente, el calor proviene del interior, y aunque sabemos más o
menos como se genera (la gravedad de Júpiter por un lado, y la resonancia
orbital con Europa y Ganímedes por el otro), la verdadera intención es
averiguar cómo se propaga. Este calentamiento por mareas es muy importante, y
este satélite es el mejor colocado para estudiarlo. Una de las preguntas
importantes que IVO
pretende
responder es exactamente dónde se produce ese calor por el calentamiento por
mareas, si en el manto poco profundo, o si está distribuido por todo el
interior del satélite. También se quiere responder a la duda de si hay un
océano de magma bajo la superficie, y si sí, si es permanente o, como suponen
algunos, temporal. Por último, la intención de la misión es saber cómo pierde
calor enviado al espacio. Lo que suponen los científicos es que lo hace a
través de las fisuras abiertas en la corteza por las que sale esa lava. Esto último
permitiría estudiar el entorno joviano, fuertemente influido por todo lo que
esta luna expulsa en cada erupción, creando una estructura en forma de donut
alrededor del planeta siguiendo más o menos la órbita de Io. Para observar Io,
se necesitará una sonda que debe ser un auténtico acorazado contra la
radiación, porque este satélite está metido muy en el fondo de la sopa
radiactiva que empapa todo el entorno joviano. Con un lanzamiento fijado entre
los años 2026 y 2028, IVO usaría
asistencias gravitatorias a Marte y la Tierra para llegar a Júpiter en el 2031.
Aprovechando la inserción orbital alrededor del planeta, sobrevolaría Io no
solo para un primer examen, también para inclinar su órbita 45º, para así
permitir pasos sobre el satélite en dirección norte-sur a toda velocidad, para
evitar en lo posible una fuerte ducha radiactiva. La misión duraría 10 órbitas
y 4 años, completando nueve pasos adicionales, con distancias mínimas de
sobrevuelo no inferiores a los 200 km. IVO,
alimentada por paneles solares, estaría equipada con seis investigaciones (cámara
de alta resolución y cámara termal montadas en un sistema móvil, un
magnetómetro, detector de plasma, espectrómetro de masa y sistema de radio
ciencia) con una séptima potencial en forma de una cámara de campo ancho como contribución
estudiantil. En resumen, ciencia candente.
La última apunta lejos,
lejísimos, casi en la porra. De hecho, su vista está fija en el mayor planeta
de la maravilla azul, Neptuno. Sí, el más que interesante Tritón. No solo es
enorme, también es sugerente por su órbita (al contrario que casi todos los
satélites), por su superficie y por ser un cuerpo geológicamente activo. No nos
podemos olvidar también de su pequeña, pero notoria atmósfera. Un mundo sin
igual, se decía, y antes de que New
Horizons sobrepasara Plutón, había quien afirmaba que este planeta sería
muy parecido a Tritón, y no se equivocaron. Lamentablemente, solo Voyager 2 lo ha explorado de cerca, con
instrumentación ya en su momento obsoleta, y una menor capacidad de retorno
científico. Aún así, nos enseñó un lugar fascinante y activo, con una
superficie joven, con casquetes de nitrógeno congelado que se subliman, con
géiseres de nitrógeno, y probablemente con un océano líquido bajo su
superficie. Además, su atmósfera es peculiar por una ionosfera muy cargada, más
que la de cualquier objeto helado del sistema solar exterior. ¿Qué más se puede
pedir? Ya puestos, más geografía, porque Voyager
2 solo observó un 40% de su superficie. Para ampliar nuestros conocimientos
sobre Tritón, se ha ideado la propuesta Trident,
que pretende indagarlo como New Horizons
hizo con Plutón, usando un sobrevuelo rápido directo. Así, la sonda ha de ser
sencilla, con un bus compacto alimentado por dos RTG’s multi misión y equipado
con cámara de alta resolución y espectrómetro infrarrojo, cámara de campo
ancho, magnetómetro, espectrómetro de plasma y el sistema de radio ciencia. La sonda
se lanzaría a mediados del 2026, realizaría asistencias gravitatorias a la
Tierra (3), Venus y Júpiter, para salir en rumbo directo hacia Neptuno y
Tritón, alcanzando su objetivo para mediados del 2038 tras un crucero de 12
años. Tres intenciones tienen en mente para Trident:
explorar las evoluciones de los cuerpos celestes de camino a los mundos habitables,
indagar lo que provoca los procesos activos en aquellos lugares, y ver zonas
del satélite que no hemos visto. Con esta exploración, se pretenden responder
cuatro preguntas: ¿Hay un océano? ¿Qué procesos reforman la superficie? ¿Qué genera
las plumas de Tritón? Y ¿por qué es tan intensa la ionosfera de Tritón? Siempre
tiene que haber una misión exótica.
Cuatro misiones, cuatro. Todas con
intenciones muy poderosas, y ciencia más que interesante. Lamentablemente, toca
escoger, y en este punto, resulta difícil saber cuál tiene la delantera. ¿Cuál será,
será? La que sea llegará.
sábado, 29 de febrero de 2020
martes, 18 de febrero de 2020
Las amenazas
Estamos todos muy centrados en lo que ocurre aquí abajo, y en las amenazas que nosotros creamos, o que aparecen de repente para infundirnos miedo. Guerras, enfermedades, sequías, inundaciones, hambrunas, accidentes nucleares... Estos y unos cuantos más son varios de los problemas que pueden llegar y tocarnos, pero son pocos los que levantan la vista hacia el cielo. Porque sí, desde arriba hay varias amenazas, y toca ser conscientes de ellas. Sí, es cierto que nos hemos inspirado en ese formidable podcast llamado El Gran Apagón, pero esto lo merece.
Mirando por todo el sistema solar, hay una tónica: cráteres de impacto. Aunque la ciencia tardó hasta el mismo siglo XX en reconocerlo, los impactos de asteroides y meteoritos han sido los agentes formadores de las geografías en gran cantidad de mundos de nuestra parcela galáctica. Desde Mercurio hasta Plutón y más allá, todo cuerpo sólido muestra sus cicatrices. También la Tierra, aunque los más antiguos han sido borrados por los distintos procesos geológicos que se dan, como la erosión, sedimentación y vulcanismo o, más recientemente, nuestra propia mano, solo que sin saberlo. La desaparición de los dinosaurios se atribuye a un asteroide, el que provocó, hace 65 millones de años, el cráter Chicxulub, en el Yucatán, ya de por sí una muestra de la potencia destructiva que pueden tener. En otros planetas y satélites hay cicatrices de eventos todavía peores, como la cuenca
Caloris de Mercurio, el cráter Schiaparelli de Marte o el cráter Odiseo de Tetis. Buena parte de esas formaciones se crearon en una época bastante violenta conocida como el Gran Bombardeo Planetario Tardío, ocurrido hace entre 4.1 y 3.8 billones de años. Incluso hoy se producen impactos, y nuestros observadores en otros mundos ven las cicatrices que dejan. A nuestro alrededor, hay miles y miles de rocas orbitando en torno al Sol, y aunque muchos lo hacen en el cinturón principal entre Marte y Júpiter, los hay que lo hacen siguiendo trayectorias distintas, y muchos llegan a cruzar la órbita terrestre. Son los conocidos como NEO's, los Objetos Cercanos a la Tierra, que pueden ser tanto asteroides como cometas. Conocemos muchos, y cada día se descubren más. Lo importante no es saber que están ahí, sino su vigilancia. Más importante que su existencia es la órbita que recorren, y para ello hacen falta muchas observaciones de forma continua para que los expertos
puedan así computar su órbita y, empleando ordenadores, predecir si existe la probabilidad de que pueda encontrarse con nuestro planeta en un momento dado. Por todo el mundo hay telescopios relativamente pequeños capaces de cubrir grandes franjas del cielo, contando con la potencia suficiente como para encontrar rocas de hasta 100 metros. En órbita tenemos una pequeña ayuda, con el telescopio de infrarrojos WISE, que no solo los descubre, sino también nos ayuda a ver cómo son, especialmente en tamaño. Si bien había toda una comunidad encargada de esta tarea, todo se disparó cuando se produjo el impacto del meteorito de Chelyabinsk, en Rusia, del año 2013. Este asteroide, cuya reentrada y caída hacia la Tierra, y su posterior explosión en el aire, de hecho fue descubierto horas antes de que entrara en la atmósfera, sin
embargo no hubo tiempo material de emitir una alerta, de ahí la sorpresa de todos. Su pequeño tamaño (aproximadamente 20 metros) impidió haberlo visto antes, pero es que, además, vino de nuestro único punto ciego: desde el Sol. Ese es el principal problema, que no podemos ver lo que hay entre nosotros y nuestra estrella, por motivos obvios. WISE, orbitando sobre el terminador terrestre, es incapaz de dirigir su mirada hacia esa región, y los telescopios basados en Tierra no sirven de día, por ello no se vio hasta que fue demasiado tarde. ¿Que consecuencias podría tener un impacto de asteroide? Depende del tamaño y de la velocidad, pero graves a pesar de todo. Si cae en superficie sólida, sin duda terremotos, el levantamiento de una nube de escombros a la atmósfera, con el potencial de cubrirla por completo, tormentas de fuego, y demás. En caso de caer al océano, a esto hay que añadirle un tsunami enorme. El que erradicó a los dinosaurios se cree que generó un invierno nuclear que redujo drásticamente las temperaturas globales, que arruinó toda la cadena alimenticia, provocando una gran extinción masiva. Con el de Chelyabinsk hubo suerte, porque era pequeño, y entró en un ángulo plano, lo que provocó una
mayor fricción y llevó a que explotara en el aire. Al referirnos al tamaño del objeto, también hay que hablar de la escala de los daños, porque uno pequeño, si llega al suelo, puede provocar efectos solo locales. Si aumenta de tamaño a, digamos 100-200 metros, la cosa puede ser de escala regional. Más allá del kilómetro de diámetro, nos metemos en problemas serios, tal vez continentales, y si supera los 10 km., no nos serviría ni correr, ya podríamos despedirnos de la civilización y decir hola al invierno nuclear. Supongamos que detectamos un asteroide que se dirige a la Tierra, y tenemos tiempo. ¿Qué hacemos? Más propio de las películas, está el envío de armas nucleares. Dependiendo del tamaño y del tipo de asteroide, o del tamaño del cometa, se necesitarían varias de ellas para reducirlo a escombros, pero eso podría ser aún peor, porque en vez de un solo impacto, nos encontraríamos con un verdadero ametrallamiento. Aún así, se han hecho estudios que parecen mostrar que al menos parte del cuerpo se vaporizaría, y la fuerza resultante del material vaporizado sería suficiente para desviarlo. Otros métodos utilizarían tractores gravitatorios, motores iónicos, energía solar concentrada, propulsión química convencional, velas solares, o incluso la ablación por láser, disparándolos contra los objetos. Sin embargo, de todos, el único que se va a probar a corto plazo es el del impactador cinético. Usando una sonda con una alta velocidad relativa (relativa al cuerpo a agredir) se espera que el la velocidad aumente la fuerza del impacto y, de ese modo, cambiar su órbita. Es algo parecido, pero a mucha mayor escala, de lo practicado
en la misión Deep Impact contra el cometa Tempel 1, y aunque el propósito era excavar el material bajo la superficie para estudiar el interior del cometa, un efecto secundario fue un minúsculo cambio orbital de apenas 10 cm. en total, acortando su periodo orbital en apenas unos segundos. El experimento comenzará el año que viene con el lanzamiento de la misión de la NASA DART, con una sonda diseñada exclusivamente con el objetivo de impactar con el más pequeño de los dos cuerpos que forman el asteroide binario 65803 Dydimos. Después, la misión de la ESA Hera viajará allí para ver las consecuencias y, aunque estudiará las consecuencias físicas sobre el asteroide en términos de cráter provocado, lo más importante será medir la desviación de su trayectoria alrededor de su cuerpo compañero. La verdad es que no hay que tomarse a broma esto, porque hay una lista de objetos potencialmente peligrosos, que aumenta cada día, y aunque no lo creáis, es MUY larga, aunque deberíamos preocuparnos más aún por los que no conocemos. La cuestión no es si ocurrirá, es CUANDO ocurrirá.
El Sol es nuestra fuente de vida, pero también puede causarnos muchos problemas. La actividad de nuestra estrella es cíclica, con sus ciclos de actividad, que aproximadamente duran 11 años, aunque nunca llega a ser ese tiempo exacto. En ellos, Helios pasa de estar en su máximo de actividad (su mayor representación son las manchas solares) al mínimo, con una superficie limpia de manchas. Además, los ciclos difieren entre sí. El último, entre los años 2013 y 2014, fue bastante suave, mientras que el anterior, en el 2001, fue muy fuerte. Eso importa poco, ya que cuando está en su máximo de actividad, se dan todo tipo de eventos sumamente energéticos, siendo el más peligroso el denominado Eyección de Masa Coronal, o CME en inglés. De todos los que provocan en la Tierra la llamada Meteorología Espacial, este es el peor. La Meteorología Espacial versa sobre los efectos que tiene la actividad solar en la Tierra y su entorno espacial, generalmente dentro de la magnetosfera, para proteger no solo los satélites en órbita y a los astronautas a bordo de la ISS, sino también la tecnología que tenemos aquí abajo. Volviendo a la CME, se trata de la liberación, principalmente
explosiva, de material incandescente de la superficie solar, ocurriendo como consecuencia de un fenómeno denominado reconexión magnética, durante el cual las líneas de campo magnético, estando fuertemente retorcidas, contactan entre sí, liberando fantásticas cantidades de energía. Al mismo tiempo, lanzan al espacio una nube de material supercaliente y eléctricamente cargado llamado plasma, todo ello envuelto en su propio campo magnético que lo contiene. Una vez liberada, la CME viaja por el espacio en dirección de salida del sistema solar, a velocidades que van de menos de 250 km/s a casi 3000 km/s, llegándose a detectar en zonas alejadísmas del Sol, como por las sondas Voyager situadas más allá de la heliosfera. El Sol lanza las CME's en cualquier dirección, el problema llega cuando éstas se lanzan en dirección a la Tierra. Un primer indicativo de problemas se produce cuando se observa una llamarada solar. Dependiendo del flujo de energía de la
llamarada, se clasifican con una letra y un número. Así, de menos a más intensas, se nombran como A, B, C, M y X, acompañadas por un número que va del 1 al 9. Con los medios actuales, podemos ver tanto la llamarada en el momento de estallar como la liberación de la materia de la CME. Una segunda señal la pueden dar los satélites situados en torno al punto de Lagrange L1, como ACE, Wind o DSCOVR, al registrar cambios en el campo magnético interplanetario y en la densidad de partículas. ¿Cuánto puede tardar en llegar a la Tierra? Depende, pero en el orden de 3.5 días, si bien es cierto que las hay más rápidas y más lentas. En caso de impactar, una CME puede ser rechazada por la magnetosfera, o absorbida,
dependiendo de la orientación del campo magnético que engloba la CME y, en caso de ser absorbida, se genera una tormenta geomagnética. Además de alimentar los cinturones de radiación de Van Allen, la energía acabará llegando a la atmósfera conducida por las líneas magnéticas hacia los polos. Así, todo quedará cargado de energía. ¿Esto es peligroso? Sí. ¿Cuánto? Depende de la potencia de la CME. La mayor tormenta geomagnética registrada en tiempos históricos se produjo entre los días 1 y 2 de septiembre de 1859. Se le conoce como el Evento Carrington, y fue una suerte que ocurriera en aquella época. Se originó en una zona de manchas solares de la que salió una llamarada solar. A esta llamarada se le ha asociado una CME extremadamente rápida, que alcanzó la Tierra en apenas 17.6 horas. El efecto más visible se contempló en el cielo, con unas auroras asombrosas, que se extendieron más allá de los polos alcanzando latitudes tan bajas como el mar Caribe, llegando incluso a China y Colombia. Tan brillantes fueron que, en la zona de las Montañas Rocosas, despertaron a un grupo de mineros, que se dispusieron a prepararse el desayuno, creyendo que ya había amanecido; en otras zonas, se podía incluso leer el periódico sin necesidad de luz de gas. La peor parte se la llevaron los operadores de los telégrafos, porque algunos recibieron fuertes descargas eléctricas por la energía absorbida. De hecho, había tanta energía que, aunque habían apagado las fuentes de energía, se siguieron mandando y recibiendo mensajes telegráficos. A esto se le unió el efecto que tuvieron con los postes telegráficos, que empezaron a lanzar chispas, lo que provocó incendios. En tiempos recientes, ha habido CME's que han generado tormentas geomagnéticas muy intensas. En la NASA recuerdan especialmente la que aconteció en agosto de 1972. Está registrada como la más veloz en hacer el tránsito entre el Sol y nosotros (14.6 horas), generando condiciones muy peligrosas. La suerte es que ocurrió sin misiones tripuladas, porque la misión Apollo 16 había terminado en abril, y la última, es decir Apollo 17, no despegó hasta diciembre. En caso de haberles tocado, los astronautas hubieran sufrido un bombardeo nuclear muy intenso, lo que les hubiera generado agudas enfermedades inducidas por la radiación, a pesar de estar dentro de la magnetosfera terrestre. Una notable fue la de marzo de 1989, que provocó el apagón eléctrico en el área de Quebec, Canadá, que duró algo más de nueve horas. Ya en el siglo XXI, ha habido varias tormentas notables. Las que se dieron hacia la noche de Halloween del 2003 no solo crearon auroras que se llegaron a ver hasta en el Mediterráneo, sino que
también saturó a SOHO y provocó daños en los sensores de ACE, lo que llevó a apagar los instrumentos de muchos satélites, a la dotación de la ISS a refugiarse en el segmento ruso, y a ser registradas en los alrededores de Júpiter por la misión Ulysses y en las cercanías de Saturno por Cassini, alcanzando a Voyager 2 en abril del 2004. Pero pavor de verdad, la que ocurrió el 23 de julio del 2012, que apenas tardó 17 horas en alcanzar la sonda STEREO-A, con un campo magnético cuatro veces más potente al de una típica CME, mientras que el conteo de partículas cargadas aumentó en 100.000 veces el normal. Por fortuna, falló la Tierra por solo nueve días, y aunque por potencia era más "suave" que la del Evento Carrington, hubiera tenido efectos muy graves. ¿Qué efectos tendría en la Tierra? Muchos. Para empezar, se inyectaría tal cantidad de energía
que sobrecargaría las redes eléctricas, destruyendo transformadores, cables eléctricos, generadores y redes de distribución, con las plantas eléctricas inactivas, generando apagones globales en todo. Otro problema estaría en las comunicaciones por radio, con una ionosfera sobresaturada impidiendo la transmisión de las ondas de radio, ocurriendo algo parecido con las señales de los sistemas de navegación por satélite, lo que haría las redes de GPS y GNSS inservibles. Los satélites también se verían muy afectados. Por un lado, muchos se sobrecargarían de energía, lo que puede llevar a daños en sus sistemas informáticos, en algunos casos interfiriendo en la programación de los ordenadores de a bordo, pero en las condiciones más fuertes, toda la infraestructura electrónica podría fallar catastróficamente, y adiós satélite. Por otro, un aumento en la intensidad solar provocaría una expansión de las capas más altas de la atmósfera, lo que aumentaría su
resistencia al avance y, así, degradando su órbita. Hay al menos un par de casos en este sentido, como el de la estación Skylab en 1979 o el de Solar Maximum Mission en 1989. Y por supuesto, el riesgo para los astronautas, como ya hemos explicado. Si nos alcanzara una tormenta geomagnética como la del Evento Carrington, agárrense, porque los efectos serían de aúpa, con daños catastróficos que podrían tardar en repararse meses o incluso años para volver a como estábamos antes, un esfuerzo que se valora, sólo en Estados Unidos, en el orden de entre 0.6 y 2.6 TRILLONES de dólares, y a saber cuánto globalmente. Ahora estamos en un mundo que depende, en un grado superlativo, en la tecnología, y una tormenta de esta escala podría devolvernos a la Edad Media en un segundo. No solo hablamos de electricidad, telefonía, internet, o televisión. TODO se pararía. Ni agua, ni calefacción, comida escasa, transportes interrumpidos, etc. En esencia, si algo podría salir mal, saldría peor. La cuestión no es si ocurrirá, es CUANDO ocurrirá.
No pretendemos ser catastrofistas, todo lo contrario. Queremos informar de los peligros que existen allí arriba, y cuanto antes nos preparemos, mejor Atentos.
explosiva, de material incandescente de la superficie solar, ocurriendo como consecuencia de un fenómeno denominado reconexión magnética, durante el cual las líneas de campo magnético, estando fuertemente retorcidas, contactan entre sí, liberando fantásticas cantidades de energía. Al mismo tiempo, lanzan al espacio una nube de material supercaliente y eléctricamente cargado llamado plasma, todo ello envuelto en su propio campo magnético que lo contiene. Una vez liberada, la CME viaja por el espacio en dirección de salida del sistema solar, a velocidades que van de menos de 250 km/s a casi 3000 km/s, llegándose a detectar en zonas alejadísmas del Sol, como por las sondas Voyager situadas más allá de la heliosfera. El Sol lanza las CME's en cualquier dirección, el problema llega cuando éstas se lanzan en dirección a la Tierra. Un primer indicativo de problemas se produce cuando se observa una llamarada solar. Dependiendo del flujo de energía de la
llamarada, se clasifican con una letra y un número. Así, de menos a más intensas, se nombran como A, B, C, M y X, acompañadas por un número que va del 1 al 9. Con los medios actuales, podemos ver tanto la llamarada en el momento de estallar como la liberación de la materia de la CME. Una segunda señal la pueden dar los satélites situados en torno al punto de Lagrange L1, como ACE, Wind o DSCOVR, al registrar cambios en el campo magnético interplanetario y en la densidad de partículas. ¿Cuánto puede tardar en llegar a la Tierra? Depende, pero en el orden de 3.5 días, si bien es cierto que las hay más rápidas y más lentas. En caso de impactar, una CME puede ser rechazada por la magnetosfera, o absorbida,
dependiendo de la orientación del campo magnético que engloba la CME y, en caso de ser absorbida, se genera una tormenta geomagnética. Además de alimentar los cinturones de radiación de Van Allen, la energía acabará llegando a la atmósfera conducida por las líneas magnéticas hacia los polos. Así, todo quedará cargado de energía. ¿Esto es peligroso? Sí. ¿Cuánto? Depende de la potencia de la CME. La mayor tormenta geomagnética registrada en tiempos históricos se produjo entre los días 1 y 2 de septiembre de 1859. Se le conoce como el Evento Carrington, y fue una suerte que ocurriera en aquella época. Se originó en una zona de manchas solares de la que salió una llamarada solar. A esta llamarada se le ha asociado una CME extremadamente rápida, que alcanzó la Tierra en apenas 17.6 horas. El efecto más visible se contempló en el cielo, con unas auroras asombrosas, que se extendieron más allá de los polos alcanzando latitudes tan bajas como el mar Caribe, llegando incluso a China y Colombia. Tan brillantes fueron que, en la zona de las Montañas Rocosas, despertaron a un grupo de mineros, que se dispusieron a prepararse el desayuno, creyendo que ya había amanecido; en otras zonas, se podía incluso leer el periódico sin necesidad de luz de gas. La peor parte se la llevaron los operadores de los telégrafos, porque algunos recibieron fuertes descargas eléctricas por la energía absorbida. De hecho, había tanta energía que, aunque habían apagado las fuentes de energía, se siguieron mandando y recibiendo mensajes telegráficos. A esto se le unió el efecto que tuvieron con los postes telegráficos, que empezaron a lanzar chispas, lo que provocó incendios. En tiempos recientes, ha habido CME's que han generado tormentas geomagnéticas muy intensas. En la NASA recuerdan especialmente la que aconteció en agosto de 1972. Está registrada como la más veloz en hacer el tránsito entre el Sol y nosotros (14.6 horas), generando condiciones muy peligrosas. La suerte es que ocurrió sin misiones tripuladas, porque la misión Apollo 16 había terminado en abril, y la última, es decir Apollo 17, no despegó hasta diciembre. En caso de haberles tocado, los astronautas hubieran sufrido un bombardeo nuclear muy intenso, lo que les hubiera generado agudas enfermedades inducidas por la radiación, a pesar de estar dentro de la magnetosfera terrestre. Una notable fue la de marzo de 1989, que provocó el apagón eléctrico en el área de Quebec, Canadá, que duró algo más de nueve horas. Ya en el siglo XXI, ha habido varias tormentas notables. Las que se dieron hacia la noche de Halloween del 2003 no solo crearon auroras que se llegaron a ver hasta en el Mediterráneo, sino que
también saturó a SOHO y provocó daños en los sensores de ACE, lo que llevó a apagar los instrumentos de muchos satélites, a la dotación de la ISS a refugiarse en el segmento ruso, y a ser registradas en los alrededores de Júpiter por la misión Ulysses y en las cercanías de Saturno por Cassini, alcanzando a Voyager 2 en abril del 2004. Pero pavor de verdad, la que ocurrió el 23 de julio del 2012, que apenas tardó 17 horas en alcanzar la sonda STEREO-A, con un campo magnético cuatro veces más potente al de una típica CME, mientras que el conteo de partículas cargadas aumentó en 100.000 veces el normal. Por fortuna, falló la Tierra por solo nueve días, y aunque por potencia era más "suave" que la del Evento Carrington, hubiera tenido efectos muy graves. ¿Qué efectos tendría en la Tierra? Muchos. Para empezar, se inyectaría tal cantidad de energía
que sobrecargaría las redes eléctricas, destruyendo transformadores, cables eléctricos, generadores y redes de distribución, con las plantas eléctricas inactivas, generando apagones globales en todo. Otro problema estaría en las comunicaciones por radio, con una ionosfera sobresaturada impidiendo la transmisión de las ondas de radio, ocurriendo algo parecido con las señales de los sistemas de navegación por satélite, lo que haría las redes de GPS y GNSS inservibles. Los satélites también se verían muy afectados. Por un lado, muchos se sobrecargarían de energía, lo que puede llevar a daños en sus sistemas informáticos, en algunos casos interfiriendo en la programación de los ordenadores de a bordo, pero en las condiciones más fuertes, toda la infraestructura electrónica podría fallar catastróficamente, y adiós satélite. Por otro, un aumento en la intensidad solar provocaría una expansión de las capas más altas de la atmósfera, lo que aumentaría su
resistencia al avance y, así, degradando su órbita. Hay al menos un par de casos en este sentido, como el de la estación Skylab en 1979 o el de Solar Maximum Mission en 1989. Y por supuesto, el riesgo para los astronautas, como ya hemos explicado. Si nos alcanzara una tormenta geomagnética como la del Evento Carrington, agárrense, porque los efectos serían de aúpa, con daños catastróficos que podrían tardar en repararse meses o incluso años para volver a como estábamos antes, un esfuerzo que se valora, sólo en Estados Unidos, en el orden de entre 0.6 y 2.6 TRILLONES de dólares, y a saber cuánto globalmente. Ahora estamos en un mundo que depende, en un grado superlativo, en la tecnología, y una tormenta de esta escala podría devolvernos a la Edad Media en un segundo. No solo hablamos de electricidad, telefonía, internet, o televisión. TODO se pararía. Ni agua, ni calefacción, comida escasa, transportes interrumpidos, etc. En esencia, si algo podría salir mal, saldría peor. La cuestión no es si ocurrirá, es CUANDO ocurrirá.
No pretendemos ser catastrofistas, todo lo contrario. Queremos informar de los peligros que existen allí arriba, y cuanto antes nos preparemos, mejor Atentos.
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