El núcleo de la galaxia M51, desde el telescopio Hubble.
martes, 30 de junio de 2020
sábado, 13 de junio de 2020
Betelgeuse, ¿qué te ha pasado?
Hace unos meses, saltó la
noticia de que la estrella Betelgeuse había empezado a perder brillo, con una
verdadera caída en picado en este sentido. A partir de aquí se empezaron a
lanzar las especulaciones: ¿acabaría explotando? ¿Se convertiría en supernova?
¿Suponía un riesgo para nosotros? ¿Qué ocurriría después? Ahora que ha pasado
el tiempo y que todo ha vuelto a la normalidad, todo lo que se puede, ya
podemos aventurar cosas sobre las razones de esta reducción de su luminosidad y
su vuelta al nivel primitivo.
Antes de meternos en harina,
conozcámosla mejor. Betelgeuse es una de las muchas estrellas visibles a simple
vista siendo, de hecho, una de las más luminosas. Forma parte de la famosísima
constelación de Orión, de hecho su otra nomenclatura es a Orionis, y si queréis localizarla en su sitio correcto, está
en la esquina superior izquierda de la constelación. Sólo tenéis que localizar
el célebre cinturón y luego subir y moverse un poco a la izquierda. La estrella
es conocida desde tiempos antiguos, y su nombre proviene del árabe, que
significa “la axila que está en el centro”. Fue ya en tiempos más recientes que
sabemos qué es Betelgeuse en realidad. Es una estrella que se encuentra en las
últimas etapas de su vida, dejando ya muy atrás su secuencia principal,
agotando el combustible de hidrógeno, pasando a fusionar helio y componentes
cada vez más pesados. El resultado de pasar de la secuencia principal a su
estado actual se llama, en este caso, gigante roja, en el que la estrella se
hincha como un globo pasando a tener de decenas a cientos de veces el tamaño
previo y, en caso de haber tenido planetas, los acabó engullendo. Si sabemos
qué es en
realidad Betelgeuse es gracias al diagrama que desarrollaron, por
separado, los astrónomos Ejnar Hertzsprueng y Henry Russell. Pero no solo se
trataba de una gigante roja, se trata de una estrella SUPER gigante roja. Estrellas
las hay de todos los tamaños. De hecho, nuestro Sol es una enana amarilla, pero
también hay enanas rojas o blancas, estrellas más grandes que pueden ser
amarillas, naranjas, rojas e incluso azules, y luego están las gigantes y
supergigantes. Así, Proxima Centauri es una enana roja muy pequeña, acompañada
por las dos estrellas de Alfa Centauri, que son similares al Sol. Sirio A, la
más brillante del cielo nocturno, es una estrella blanca de dimensiones
considerables, con una masa el doble que la solar, mientras que una de las más grandes que hemos podido medir es VY Canis Majoris, una hipergigante más de 1420 veces mayor que
el Sol. No os dejéis engañar, el color indica su temperatura, pero es a la
inversa: mientras que una estrella roja es el tipo más frío, las azules son las
más calientes con diferencia. Al ser roja, esto hace de Betelgeuse una estrella
relativamente fría, y de acuerdo con los tipos espectrales de estrellas, es una
supergigante tipo M, con temperaturas que rondan los 3500º C en superficie (el
Sol, al ser amarilla tiene una temperatura en superficie de 6000º C). Su masa
es de casi 12 veces la solar, y si la encajáramos en el sistema solar, por
tamaño, estaría casi a la altura de Júpiter. Se encuentra a unos 700 años luz,
o lo que es lo mismo, 220 parsecs.
¿Qué implica que sea una
supergigante roja? Eso significa que, durante su secuencia principal, era una
estrella masiva y que, como consecuencia de ello, agotó rápidamente su
combustible. Según las crónicas de la antigua China, los astrónomos describieron
su brillo como amarillento, mientras que tres siglos después, el griego
Ptolomeo informó que era rojo. Dado lo que tarda en llegarnos su luz, el
proceso de pasar de estrella amarilla a roja sin duda ocurrió hace miles de
años. Ahora que es supergigante roja, los astrónomos están convencidos de que,
en el futuro, estallará como supernova, y que será sin duda visible desde la
Tierra a simple vista, muy probablemente más brillante que la Luna llena. Los cálculos
sobre cuándo podría ocurrir la explosión fijan el marco de tiempo entre los
300.000 años y el millón de años, dependiendo de cómo se comporte.
Betelgeuse es una estrella
gigantesca, y su relativa cercanía a nosotros permite algo que sólo podemos
hacer con nuestro Sol: ver qué ocurre en su superficie. De hecho, es la única
con la que podemos hacer eso. Primero desde herramientas en Tierra, y luego con
los observatorios espaciales, hemos empezado a ver lo que sucede en la
superficie de esta inmensa estrella. El primer observatorio espacial en
capturar imágenes directas de Betelgeuse fue, sin sorpresas, el telescopio Hubble, en el rango de la luz ultravioleta,
allá por 1995. Al mejorar la tecnología, ha sido posible mejorar las
observaciones, tanto desde aquí abajo como desde allí arriba, viendo nada menos
que las células de convección en su superficie, naturalmente a un tamaño
colosal. Medidas de paralaje
proporcionadas por HIPPARCOS permitieron estimar su radio en 3.6 unidades astronómicas
allá por 1993, si bien estudios infrarrojos han mostrado que, en el 2009, su
radio había disminuido un 15%. Otras observaciones han contemplado eyecciones
de materia extendiéndose hasta 30 unidades astronómicas de la estrella. Que Betelgeuse
expulse material en semejantes proporciones ha provocando la formación de un
disco estelar a su alrededor, así como varias burbujas. Lo llamativo de verdad
es que la atmósfera de la estrella parece estar dividida en hasta seis capas,
cuya identificación no ha dado resultados. Para colmo de males, estas capas
encima son asimétricas. Una está formada por polvo, y dos por monóxido de
carbono. Nadie sabe qué pintan ahí, pero se sabe que se extienden hasta 40
unidades astronómicas de la estrella.
Llegados a este punto, ¿qué le
ha pasado a Betelgeuse? La noticia saltaba el 8 de diciembre del año pasado:
desde octubre, la estrella estaba perdiendo brillo a un ritmo nunca visto,
desconcertante. Normalmente, la magnitud aparente de la estrella (que es la
luminosidad tal y como la vemos desde aquí abajo) es de +0.5. En el momento del
primer informe, había caído a +1.12; para el 20 de enero, ya estaba en +1.49,
para alcanzar el 13 de febrero un mínimo de luminosidad de +1.61. Todo esto
generó muchas especulaciones, y llevó a solicitar tiempo de observación en los
telescopios en funcionamiento. Por ejemplo, Chandra
no registró emisiones de rayos X procedentes de la estrella, mientras que
desde el observatorio VLT del ESO,
![]() |
| (Fuente: ESO/M. Montargès et al.) |
situado en Cerro Paranal, Chile, se pudo
contemplar un gran cambio en la forma y en la luminosidad de la estrella,
pasando de ser casi esférica a casi un aspecto de huevo. La teoría más
plausible que se barajó durante este tiempo es que la estrella estaba a punto
de explotar como supernova, aunque las cabezas más frías acabaron
prevaleciendo. Betelgeuse permaneció aproximadamente en ese nivel de brillo,
hasta que de repente empezó a aumentar de nuevo. Así, para el 31 de marzo, su
brillo había regresado al +1.08, para finales de abril alcanzar y superar los
+0.5. ¿Por qué?
![]() |
| (Fuente: AAVSO) |
Hay que tener en cuenta otro
aspecto de Betelgeuse que no hemos mencionado: es una estrella variable. Las
estrellas variables, como esto implica, sufren cambios en su brillo, subidas y
bajadas que, en el caso de las denominadas Cefeidas, es tan regular que son
usadas para los cálculos de distancias cósmicas. Otras varían su brillo con
mayor o menor irregularidad. Betelgeuse es, por todo lo que se ha observado,
solo regular a medias, con variaciones en su magnitud aparente de 0.0 a +1.6. Como
estos cambios no son regulares, es difícil fijar una cronología, pero el
cálculo más aceptado entre fases de brillo pasa cada 2335 días, si bien otros
estudios ponen un periodo principal de unos 400 días y uno secundario de 2100. La
razón está en un fenómeno llamado pulsaciones radiales, cambios en el brillo
evidenciados en los espectros como desplazamientos Doppler que indican, por lo
general, cambios en la velocidad radial, indicando fluctuaciones en el tamaño. Pero
no deja de ser curioso que, mientras en la luz visible el nivel de brillo se
desplomaba, en luz infrarroja la luminosidad no cambió.
Y después de todo esto, ¿qué
ha pasado en realidad? Sigue siendo difícil saberlo, pero todo pinta a que la
cosa parece haber sido provocado por una nube de grueso polvo que ha bloqueado
su luz, pero no es más que especulación. Hubieran hecho falta observaciones
infrarrojas, y en este momento nuestros activos en ese sentido escasean. Para cuando
se lance el telescopio James Webb,
tal vez el año que viene, ya será tarde.
Esperemos que esto nos haya
servido de lección, al menos la próxima vez no nos pillará de sorpresa.
domingo, 31 de mayo de 2020
miércoles, 20 de mayo de 2020
Tiempo y distancia
¿Cuánto tardáis en ir de un sitio a otro? Esa respuesta depende tanto de la velocidad a la que vayáis como de lo lejos que esté. Naturalmente, cruzar la calle y volver no es nada. Recorrer un país de tamaño medio puede llevar varias horas, y si pensamos en naciones gigantescas como Rusia la cifra puede llevarnos a los días. También depende del medio de transporte, por tierra, mar o aire, siendo éste último el más rápido. Por supuesto, distancias de miles de km. pueden parecernos enormes, pero en el espacio no son nada.
¿Que queréis viajar a la Luna? Fácil: coged el cohete más potente que se os ocurra, cargadlo hasta los topes, y lánzalo. En esencia, eso era el programa Apollo, tardando aproximadamente tres días. La distancia media entre nosotros y nuestro satélite son los archiconocidos 384.000 km. que, aunque inmensa, no es nada en escala cósmica. Claro, hay vehículos que han tardado muchísimo menos, y quien ostenta el récord de rapidez en cruzar esta franja de espacio es New Horizons, que los atravesó en 9 horas.
Vayámonos al planeta más cercano, es decir, Venus. A 40 millones de km. de nosotros, la distancia puede abrumar, y el viaje por la ruta más corta nos llevará unos 4 o 5 meses en recorrerlo. En el caso de Marte, a 58 millones de km., la ruta más corta nos permite cruzar el hueco entre nosotros y el planeta rojo en seis, tal vez siete meses. Pensando en Júpiter, son más de 500 millones de km., y la ruta corta la recorremos en 13 meses. Y ya, volviéndonos locos, tiremos para Plutón, a unos 6000 millones de km., distancia que, sin ayuda, puede llevarnos más de 15 años, con suerte.
Claro, cuanto más lejos, más ceros se acumulan, por lo que se necesita una unidad de medición más sencilla. Los astrónomos pensaron que una buena forma de fijar una apropiada era la distancia entre la Tierra al Sol, en total unos 150 millones de km. Había nacido la Unidad Astronómica. ¿En qué se traduce? En distancias que parecen más asumibles. Por ejemplo, Mercurio solo está a 0.4 unidades astronómicas del Sol, Venus a 0.7, Marte a 1.5, el gran asteroide Ceres a 2.8 y Júpiter a 5.2. En ese momento, la cosa aumenta notablemente, con Saturno a 9.6, Urano a 19.2, Neptuno a 30.1, y ya tirando aún más lejos, Plutón está a
39.5, Quaoar a 42.7, Arrokoth a 44.6 o Makemake a 45.6. No esperéis llegar pronto a esos lugares, porque sí, están lejos, MUY lejos, a millones y millones de km., y puestos a divagar, nos metemos en la Nube de Oort, la acumulación de cuerpos helados que genera los cometas que cada cierto tiempo nos visitan. ¿A qué distancia están? Uf, lejillos, en una franja del espacio de entre 2000 y 200.000 unidades astronómicas. En la porra, vamos. Da que pensar, y provoca que recordemos a las dos sondas Voyager, volando ya fuera de la influencia de la heliosfera, la zona del espacio dominada por el viento solar. ¿A qué distancia termina? Depende de cómo se comporte Helios. Voyager 1 cruzó la heliopausa a 121 unidades astronómicas en el año 2012, y su hermana hizo lo propio a unos 120. 43 años después de su despegue, ahí siguen, estando a 149 y casi 124 unidades astronómicas del Sol, recorriendo 3.5 unidades astronómicas cada año, y gracias a los impulsos de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Sin ellos, no habrían llegado tan lejos tan rápido.
¿Queréis ir más lejos? Vale. Apuntemos a Proxima Centauri, la estrella más cercana. Puesto que tiene un planeta, no hay mejor sitio en el que parar. Para llegar allí "sólo" hay que recorrer 40.208.000.000.000 km. ¿Estimulante? Bueno, pongámoslo de otra forma. Traducido a Unidades Astronómicas, la cosa se pone en "apenas" 268.000. ¿Qué, seguís sin ganas? Bueno.
Por supuesto, la Unidad Astronómica es fácil de aplicar a nuestro sistema solar y a otros, pero al tratarse de distancia entre estrellas, los ceros vuelven a ser legión. Por ello, se necesita otra escala de medición. Para que la entendáis, tened clara una cosa. Cuando levantéis la vista y observéis la Luna, no la estáis viendo en tiempo real, sino que es la luz que reflejó hace apenas unos segundos, por lo que estamos viendo nuestro satélite tal y como era hace unos segundos. Si te atreves a mirar a Helios, con protección, cómo no, la luz que nos llega la emitió hace unos minutos, por lo que así ERA hace unos minutos. Usando un telescopio para ver planetas como Venus y Marte, nos encontramos con el mismo fenómeno, la luz que nos llega la reflejaron hace minutos, y pretendemos hacer lo mismo con los planetas exteriores, la cosa se alarga a decenas de minutos, incluso horas. En términos más simples: las señales de radio desde Marte pueden tardar en llegar de 4 a 20 minutos desde su emisión hasta que llegan, dependiendo de la distancia entre nosotros y el planeta rojo, las señales desde Saturno, sólo de ida, se alargaban a más de una hora, mientras que la confirmación del sobrevuelo exitoso de New Horizons con Plutón en julio del 2015 tardó más de cuatro horas. Y no digamos ya Voyager 1, cuya señal de radio tarda en llegar más de 18 horas. ¿Por qué? Por la velocidad de la luz, calculada en, aproximadamente, 300.000 km/s, un límite que muchos consideran universal (aunque lo mismo se pensaba de la velocidad del sonido, pero esa es otra historia). Como podéis imaginar, se empezó a asociar este tiempo a una distancia fija, y así nació una nueva escala de medida. No hace falta decir que, desde donde están las sondas Voyager hacia fuera, el espacio interestelar, la cosa aumenta.
Volvamos a Proxima Centauri. Como os hemos mostrado, el hueco entre nosotros y la estrella más próxima es notable, y a medida que salimos en su busca, las horas luz se traducen en días, semanas, meses, incluso años. De este modo, viajando a la velocidad de la luz, tardaríamos 4.22 años en llegar. Está claro que necesitaríamos de buenos pasatiempos. Visto lo visto, ¿por qué no asociar el tiempo que se tarda con la distancia que hay? Ahí tenéis el año luz. ¿En cuánto se traduciría un año luz en las anteriores mediciones? Bueno, en kilómetros, serían 9461 TRILLONES de km., y en unidades astronómicas, 63.241. Partiendo de Proxima, y alejándonos a unos 10 años luz de nuestra estrella, nos encontramos con otras estrellas, como Procion, Ross 128, 61 Cygni, Epsilon Eridani, el sistema doble de Sirio, Lalande 21185, la Estrella de Barnard, la Estrella de Luyten o Wolf 359, entre otras.
Saliendo del vecindario próximo al Sol, saltamos allí fuera, en busca de exoplanetas interesantes. Uno de los mayores candidatos a planeta probable tipo Tierra es Kepler-186f, "sólo" situado a 582 años luz. Más cerca tenemos Gliese 581c (20 años luz), los cuatro últimos del sistema TRAPPIST-1 (39 años luz), GJ 1214b (42 años luz), 55 Cancri f (41 años luz), Gliese 163 c (49 años luz), y más. Otros espectáculos de nuestra galaxia, la Vía Láctea es la Nebulosa de Orión, que dista de nosotros aproximadamente unos 1344 años luz, o el centro galáctico, a 26.000. Saliendo fuera, por ejemplo, la Gran Nube de Magallanes está a unos 163.000 años luz, la célebre M31, o Andrómeda, dista de nosotros 2.5 millones de años luz, o si ya nos vamos a la verdadera porra cósmica, al mismo Big Bang, situado a unos 13.8 billones de años luz. Mucho tiempo, mucha distancia.
¿Se puede esto simplificar más? Si, se llama pársec. Esta medida de distancia se ha fijado en un equivalente a 3.26 años luz, lo que significa que Proxima Centauri está a solo 1.3 pársecs, Wolf 359 a 2.4, Lalande 21185 a 2.5, Kepler-186f a 178.5, Orión a 412, y Andrómeda a 780. Más allá de ahí, ya llegan los megapársecs y gigapársecs...
Como hemos comprobado, dinos el tiempo, y os diremos la distancia. Sin duda, no es distinto a cómo nos movemos en la Tierra, solo que la escala es, digamos, un poco mayor. Así podréis imaginar que si algo parece estar cerca, en realidad no lo está, y si algo está lejos, tal vez lo esté más. En fin, dejar volar la imaginación, y podréis recorrer años luz en un segundo.
jueves, 30 de abril de 2020
martes, 31 de marzo de 2020
viernes, 13 de marzo de 2020
¿Cuál será, será?
Ya las tenemos aquí: las
finalistas para ser la (o las) próximas misiones Discovery. A partir de ahora,
les queda un año para mejorar todavía más las propuestas seleccionadas antes de
que la NASA escoja las que serán las misiones número 15 y 16 de este longevo y
exitoso programa de exploración planetaria.
El programa Discovery ha dado pie
de explorar cuerpos celestes anteriormente no visitados, o de investigar de un
nuevo modo otros ya bien examinados. A pesar de todo, hay destinos que todavía
no ha tocado. Ya lo sabéis, las misiones de este programa han visitado
asteroides (dos ya concluidas y dos por lanzar), cometas (dos con éxito, la
tercera se quedó por el camino), la Luna, Marte, Mercurio, el Sol, además de
una misión exoplanetaria. De entre estos destinos, todos concentrados en el
sistema solar interior, falta uno: Venus. Y no nos podemos olvidar que, hasta
ahora, ninguna se ha aventurado al sistema solar exterior, más allá del
cinturón de asteroides principal. Parece que los gestores de Discovery han decidido
subsanar esta carencia con las cuatro propuestas finalistas seleccionadas, dos
a Venus y dos al sistema solar exterior, con destino cada una a satélites
singulares. Conozcámoslas mejor.
Lo cierto es que ya las hemos
mencionado en una anterior entrada, en la que hablamos acerca de las lagunas
sobre nuestros conocimientos sobre la Diosa de la Belleza. La primera es DAVINCI+, la Investigación de la
Atmósfera Profunda de Venus de Gases Nobles, Química e Imágenes Plus. Esta es
la segunda vez que llega a la final, la vez anterior solo como DAVINCI, y de entonces a ahora se han
producido algunos cambios. Bien, el propósito sigue siendo el mismo: estudiar
la composición exacta de la atmósfera venusina usando instrumentación moderna,
con la intención de resolver las preguntas que versan sobre el origen, la
evolución, la probable presencia de un océano pretérito en la superficie y la
actividad volcánica en el planeta, entre otras cosas. Mientras que la propuesta
del 2016 solo contemplaba la sonda atmosférica (provocando una misión breve y
un retorno de datos limitado), DAVINCI+
transforma la etapa de crucero como un orbitador equipado con una cámara
especialmente diseñada para estudiar Venus. Es cierto que misiones anteriores
han hecho lo que DAVINCI+ pretende
repetir, pero las últimas en hacerlo alcanzaron el planeta hace 35 años, y en
este tiempo la tecnología de detección ha avanzado enormemente. El perfil de
misión para la nueva propuesta es el siguiente: se lanzaría a finales de mayo
del 2026 en trayectoria de transferencia directa a Venus, durando el tránsito
seis meses, al final de los cuales la combinación orbitador-sonda atmosférica
practicarían un sobrevuelo al planeta para permitir que la cámara de la misión
tome imágenes de Venus en infrarrojo y ultravioleta (además contaría con un
modo experimental de campo ancho en luz visible), comenzando un tránsito de
retorno al planeta durante dos órbitas en las que se incluye un segundo
sobrevuelo para la obtención de imágenes. Solo al final de este tránsito, de 16
meses de duración, se lanzaría la sonda atmosférica, dos días antes del
encuentro, y mientras el orbitador cumple su función de plataforma de
retransmisión de datos, el elemento principal de la misión cumpliría la suya,
empleando un espectrómetro de masa a la última (herencia del SAM de Curiosity), instrumentación para la
investigación de la estructura atmosférica, y finalmente, una cámara de
descenso que capturará toda la caída hasta la superficie, primero en luz
infrarroja, y luego en luz visible, permitiendo éstas últimas obtener
información para generar modelos de elevación digitales, con un sistema
herencia de los diseñados también para Curiosity).
Interesantemente, la sonda atmosférica de DAVINCI+
apunta a caer en una de las regiones conocidas como Tessera, concretamente la
llamada Alfa Regio, para tratar de entender sus orígenes y su evolución. Aquí no
acabaría la misión, porque el orbitador seguiría volando, orbitando el Sol
durante otros siete meses más antes de, finalmente, entrar en órbita, para una
tarea primaria de seis meses indagando en el planeta con su único instrumento. DAVINCI+ es una respuesta directa a una
de las necesidades de la comunidad científica que ya reclamaron en un informe del 2010.
También conocida es VERITAS, la misión de Emisividad, Radio
Ciencia, InSAR, Topografía y Espectroscopia de Venus. Su tarea es la de
compilar un mejor mapa de la superficie de Venus empleando un sistema de radar
de apertura sintética, o SAR, más potente que el que cargó Magallanes en su día, fabricando así una cartografía casi global
con resoluciones de 30 metros o mejores. Con Magallanes, este mapa solo ofrece una resolución de 1 km., y como se ha demostrado en otros cuerpos
del sistema solar, una mejor resolución también da mejor información sobre cómo
se ha desarrollado, cuáles han sido sus procesos, qué ocurre actualmente, y
descubrir cosas nuevas. Este sistema de SAR se basa en los desarrollados para
estudios terrestres, pero adaptado en tamaño y masa, así como para soportar
altas temperaturas, para operar en Venus, contando con una característica muy
interesante que es la interferometría por SAR, en la que se pueden juntar dos
imágenes de una misma zona pero tomadas con días o semanas de separación y ver
qué cambios se han producido, o si ha habido cambios. A este sistema de SAR,
que trabajaría en banda-X (sistemas anteriores lo hacían en banda-S) se le
suma, como en la vez anterior, una cámara infrarroja para, aprovechando las
ventanas atmosféricas que son transparentes en esta longitud de inda, estudiar
no la geografía, y si no la geología. De hecho, Venus es la anomalía en el
sistema solar, porque desconocemos cuál es exactamente la composición de su
superficie, todo por las nubes que todo lo cubren. Como orbitador, VERITAS quedaría en una trayectoria
polar, pero a diferencia de misiones anteriores, usaría el aerofrenado para
reducir su órbita para hacerla extremadamente cerrada y circular, situada a 250
km. de altitud, no solo beneficiosa para el SAR y la cámara infrarroja, también
para hacer estudios profundos de radio ciencia y así poder caracterizar mejor
la estructura interna de Venus. Huelga decir que la sonda deberá estar más que
preparada para soportar los duros rigores en el entorno planetarios, en lo que
a calor recibido se refiere.
Lanzándonos más allá del cinturón
de asteroides, una de las propuestas al sistema solar exterior apunta nada
menos que a Io. La volcánica luna joviana es objeto de un altísimo interés, y un
equipo científico lleva luchando desde el 2009 por sacar adelante una misión
hacia allí. Conocida inicialmente como Io
Observer, apuntaba a observar en el satélite los procesos de formación
planetaria en acción, véase vulcanismo, porque se entiende que estos procesos
han sido importantes en los cuatro planetas interiores, así como en la Luna. De
ese modo, la intención era indagar en Io de fuera hacia adentro para responder
a este proceso fundamental. Pero el tiempo pasaba, al igual que las
oportunidades. Así, para la vez anterior, la propuesta, ya conocida como IVO (el Observador de los Volcanes de io),
se reformuló con otro objetivo en mente: el calor. Las mediciones muestran
temperaturas extremas en la superficie, con puntos calientes que superan los
1000ºC. Obviamente, el calor proviene del interior, y aunque sabemos más o
menos como se genera (la gravedad de Júpiter por un lado, y la resonancia
orbital con Europa y Ganímedes por el otro), la verdadera intención es
averiguar cómo se propaga. Este calentamiento por mareas es muy importante, y
este satélite es el mejor colocado para estudiarlo. Una de las preguntas
importantes que IVO
pretende
responder es exactamente dónde se produce ese calor por el calentamiento por
mareas, si en el manto poco profundo, o si está distribuido por todo el
interior del satélite. También se quiere responder a la duda de si hay un
océano de magma bajo la superficie, y si sí, si es permanente o, como suponen
algunos, temporal. Por último, la intención de la misión es saber cómo pierde
calor enviado al espacio. Lo que suponen los científicos es que lo hace a
través de las fisuras abiertas en la corteza por las que sale esa lava. Esto último
permitiría estudiar el entorno joviano, fuertemente influido por todo lo que
esta luna expulsa en cada erupción, creando una estructura en forma de donut
alrededor del planeta siguiendo más o menos la órbita de Io. Para observar Io,
se necesitará una sonda que debe ser un auténtico acorazado contra la
radiación, porque este satélite está metido muy en el fondo de la sopa
radiactiva que empapa todo el entorno joviano. Con un lanzamiento fijado entre
los años 2026 y 2028, IVO usaría
asistencias gravitatorias a Marte y la Tierra para llegar a Júpiter en el 2031.
Aprovechando la inserción orbital alrededor del planeta, sobrevolaría Io no
solo para un primer examen, también para inclinar su órbita 45º, para así
permitir pasos sobre el satélite en dirección norte-sur a toda velocidad, para
evitar en lo posible una fuerte ducha radiactiva. La misión duraría 10 órbitas
y 4 años, completando nueve pasos adicionales, con distancias mínimas de
sobrevuelo no inferiores a los 200 km. IVO,
alimentada por paneles solares, estaría equipada con seis investigaciones (cámara
de alta resolución y cámara termal montadas en un sistema móvil, un
magnetómetro, detector de plasma, espectrómetro de masa y sistema de radio
ciencia) con una séptima potencial en forma de una cámara de campo ancho como contribución
estudiantil. En resumen, ciencia candente.
La última apunta lejos,
lejísimos, casi en la porra. De hecho, su vista está fija en el mayor planeta
de la maravilla azul, Neptuno. Sí, el más que interesante Tritón. No solo es
enorme, también es sugerente por su órbita (al contrario que casi todos los
satélites), por su superficie y por ser un cuerpo geológicamente activo. No nos
podemos olvidar también de su pequeña, pero notoria atmósfera. Un mundo sin
igual, se decía, y antes de que New
Horizons sobrepasara Plutón, había quien afirmaba que este planeta sería
muy parecido a Tritón, y no se equivocaron. Lamentablemente, solo Voyager 2 lo ha explorado de cerca, con
instrumentación ya en su momento obsoleta, y una menor capacidad de retorno
científico. Aún así, nos enseñó un lugar fascinante y activo, con una
superficie joven, con casquetes de nitrógeno congelado que se subliman, con
géiseres de nitrógeno, y probablemente con un océano líquido bajo su
superficie. Además, su atmósfera es peculiar por una ionosfera muy cargada, más
que la de cualquier objeto helado del sistema solar exterior. ¿Qué más se puede
pedir? Ya puestos, más geografía, porque Voyager
2 solo observó un 40% de su superficie. Para ampliar nuestros conocimientos
sobre Tritón, se ha ideado la propuesta Trident,
que pretende indagarlo como New Horizons
hizo con Plutón, usando un sobrevuelo rápido directo. Así, la sonda ha de ser
sencilla, con un bus compacto alimentado por dos RTG’s multi misión y equipado
con cámara de alta resolución y espectrómetro infrarrojo, cámara de campo
ancho, magnetómetro, espectrómetro de plasma y el sistema de radio ciencia. La sonda
se lanzaría a mediados del 2026, realizaría asistencias gravitatorias a la
Tierra (3), Venus y Júpiter, para salir en rumbo directo hacia Neptuno y
Tritón, alcanzando su objetivo para mediados del 2038 tras un crucero de 12
años. Tres intenciones tienen en mente para Trident:
explorar las evoluciones de los cuerpos celestes de camino a los mundos habitables,
indagar lo que provoca los procesos activos en aquellos lugares, y ver zonas
del satélite que no hemos visto. Con esta exploración, se pretenden responder
cuatro preguntas: ¿Hay un océano? ¿Qué procesos reforman la superficie? ¿Qué genera
las plumas de Tritón? Y ¿por qué es tan intensa la ionosfera de Tritón? Siempre
tiene que haber una misión exótica.
Cuatro misiones, cuatro. Todas con
intenciones muy poderosas, y ciencia más que interesante. Lamentablemente, toca
escoger, y en este punto, resulta difícil saber cuál tiene la delantera. ¿Cuál será,
será? La que sea llegará.
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