El remanente de supernova Kepler, desde ROSAT
miércoles, 31 de julio de 2019
sábado, 20 de julio de 2019
Lunáticos
Por si no se habían dado cuenta, este es el día en que celebramos el 50
aniversario de la llegada del ser humano a la Luna, cuando la nave Eagle de la misión Apollo 11 se posó en el polvoriento suelo del Mar de la
Tranquilidad. La Luna no ha cambiado prácticamente nada, pero aquí abajo mucho
lo ha hecho. A diferencia de anteriores aniversarios, este no solo es especial
por ser el que celebra el medio siglo, también por el renacido interés, y
prisa, por cierto, de retornar a Selene. De repente, todos se están volviendo
locos por alcanzar nuestro satélite, no solo con vehículos no tripulados,
también con gente y, como se recordará, tan pronto como el 2024, una fecha que,
a tenor de cómo van las cosas, es imposible que cumplir. Este año también marca
el décimo aniversario del orbitador más longevo en trabajar alrededor de
nuestro satélite. LRO sigue siendo la
punta de lanza de
la actual exploración selenita, que actualmente incluye dos
misiones de superficie chinas (una en hibernación, la otra en plena operación),
y un futuro repleto de misiones no tripuladas, la más inmediata será Chandrayaan-2, combinación de orbitador,
lander y rover, que debe alzar el vuelo dentro de dos días. Y por supuesto, los
planes de desembarcar con gente en la superficie lunar. Más allá de ese
programa loco de la NASA, el plan es instalar una estación en órbita cis-lunar,
la propuesta Gateway, y luego situar
otra en la propia superficie. Las diversas agencias están trabajando en formas
de fabricar esas instalaciones, a cada cual más extensa. Un esfuerzo que debería
ser de todos, y no de uno en exclusiva. En fin, que con esto del 50
aniversario, la gente parece haberse vuelto loca. De repente, surgen
documentales como setas, aparecen personas que, si no fuera por aquel evento,
no conoceríamos, y recurren las preguntas habituales cuando ocurre algo gordo:
¿dónde estabas aquel día? Y ¿qué estabas haciendo? Es indiscutible que fue un
instante monumental, y las misiones posteriores fueron más allá y
proporcionaron más ciencia que la que se obtuvo con esta que ahora recordamos,
pero sin ella, las demás lo hubieran tenido más difícil. ¿Cuándo regresaremos? Difícil
pronóstico, pero en el 2024, no. Pero se hará, y estaremos aquí para relatarlo.
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| Estación Gateway con la nave Orion acoplada - representación artística (Fuente: ESA) |
miércoles, 17 de julio de 2019
La olvidada Venus
Hace no tanto tiempo, Venus fue el planeta más visitado del sistema
solar, mucho más que Marte. Durante las décadas de los años 1960, 1970 y 1980,
entre la NASA y la URSS se lanzaron, o intentaron lanzarse, unas 34 misiones
hacia la diosa de la belleza, por las 24 lanzadas, o casi, al planeta rojo. Curiosamente,
desde la década de 1990 y hasta la actualidad, Marte ha visto, por decir algo, unos
25 proyectos consiguiendo, o intentándolo, llegar allí, y para los próximos
años al menos otros seis. En esta época, sin embargo, la sequía venusina es
desoladora, con solo dos misiones (Venus
Express y la actual Akatsuki) y
varios sobrevuelos. A pesar de la mucha información recogida por todas estas
misiones, todavía queda mucho por saber, y para los científicos y astrónomos
centrados en el segundo planeta, ver cómo las oportunidades de volar desaparecen
(principalmente, por escoger otros destinos) resulta bastante deprimente. Eso no
impide que sigan planteando propuestas de investigación, centradas en dos áreas
todavía desconocidas (de las muchas que hay) acerca de Venus.
Al echar un vistazo en los distintos atlas compilados por las imágenes
capturadas por sondas como Lunar
Reconnaissance Orbiter, Mars Global
Surveyor o Mars Reconnaissance
Orbiter, comprobamos que esos mapas tienen resoluciones asombrosas, de
apenas unos metros. De hecho, gracias a la cámara CTX de MRO, tenemos el 99% del planeta rojo cartografiado con una
homogénea resolución de seis metros. Otros mundos, más exteriores, también
tienen mapas con resoluciones notables, y algo parecido pasa con Mercurio. Con
Venus la cosa cambia. El mejor mapa compilado se generó gracias a los datos de
radar de la sonda Magallanes, con una
resolución homogénea de un km., y
con zonas escogidas con una resolución máxima
de 100 metros. Eso significa que todavía queda mucho que ver sobre su
superficie. Como ha ocurrido en la investigación marciana, cada vez que llegaba
una cámara mejor, se nos abría una ventana a un nuevo mundo asombroso. Esto es
lo que hace falta en el segundo planeta. Los sensores ópticos lo tienen completamente
imposible para cartografiar Venus desde la órbita, haciendo que los sensores de
SAR sean los únicos capaces de cumplir la tarea. En el tiempo que ha pasado
entre Magallanes y la actualidad, la
tecnología de los radares de apertura sintética ha avanzado enormemente, siendo
los que están equipados con ellos entre los más importantes, como los Sentinel-1 europeos o el japonés Daichi-2. Estos sistemas activos
funcionan emitiendo ondas de radio que rebotan en la superficie y luego reciben
esas señales, para luego ser procesadas generando una imagen de la zona
escaneada. En órbita terrestre hay sistemas SAR que trabajan en ciertas
frecuencias: los Sentinel-1 lo hacen
en la banda-C del espectro de radio, el de Daichi-2
lo hace en banda-L, y los de los satélites TerraSAR-X,
TandEM-X y Paz, en banda-X, cada uno con sus propias carencias y virtudes. Los
enviados a Venus, por su parte, lo hacían en banda-S. Sin importar la
frecuencia en la que funcionen, los actuales sistemas SAR pueden alcanzar
resoluciones
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| Montes Danus y Planicie de Lakshmi, Venus |
espectaculares en comparación con lo conseguido por Magallanes en Venus o Cassini en Titán, capturando detalles de
hasta tres metros en superficie, dependiendo del modo de funcionamiento. Un sistema
similar aplicado a Venus sería un salto gigantesco, permitiendo capturar
imágenes detalladas y asombrosas de lo que sucede bajo el velo nuboso del
planeta. Lo que sabemos de su superficie es que está dominada por planicies
volcánicas, el resultado de un evento global de reforma superficial que borró
prácticamente toda señal de lo que existía anteriormente, además de contar más
de 800 cráteres de impacto, una cifra escasa comparada con lugares como
Mercurio o Marte. Aunque las imágenes de Magallanes
fueron tremendas en su día, misiones actuales de SAR se centrarían en
detalles todavía más pequeños, lo que permitiría revelar formaciones totalmente
nuevas o detalles de cómo se formaron las distintas regiones de la
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| Monte Agung, isla de Bali (Daichi-2) |
superficie. En
general, ayudaría a los geólogos y cartógrafos a trazar con más exactitud la
historia de la formación de la superficie de Venus, una historia, por otra
parte, volcánica. Y en esto los nuevos sistemas de SAR ayudarían a desvelar si
Venus todavía es un lugar activo. Datos procedentes de Pioneer Venus Orbiter primero, y Venus Express más tarde, parecen indicar que lo es: en ambos casos,
se registraron aumentos repentinos de azufre en la atmósfera, que fueron
desvaneciéndose gradualmente. A esta pista se suma una imagen infrarroja tomada
por Venus Express en el que mostraba
una zona muchísimo más caliente que el terreno a su alrededor, lo que sugirió
una lengua de lava. Basándose en estos datos, la sugerencia es que sí, es un
planeta activo, pero gracias a los radares de los satélites, hay otra forma de
ver las consecuencias de eventos así. Se denomina SAR interferométrico, y
consiste en juntar dos imágenes de radar de un mismo lugar tomadas en distintos
días, semanas o meses. Al ser un sistema activo, los SAR capturan el relieve de
la superficie con sus ondas de radio y, si se ha producido un desplazamiento
del terreno (por un terremoto, un corrimiento de tierra, hundimiento del
terreno o un abombamiento del suelo) o si se ha añadido terreno adicional (como
una lengua de lava extendiéndose por la ladera de un volcán) esto se refleja en
una imagen que casi parece un arcoíris.
| Interferograma tras un terremoto en el centro de Italia, 2016 (Sentinel-1) |
Actualmente se usa mucho en zonas
volcánicas o propensas a terremotos (sin olvidarnos de lo útil que es en la
planificación urbana), especialmente después de la ocurrencia del evento,
ayudando a las distintas agencias geológicas y de ayuda a la hora de estudiar
los efectos provocados o para recolocar a la gente fuera de las zonas en
peligro. La idea de usar la interferometría por SAR en Venus es lógica: si es
un lugar activo, el uso de esta técnica ayudará a saber qué pasa bajo la
superficie, o en ella misma. La suposición actualmente aceptada es que en Venus
no hay placas tectónicas, sin bien es seguro que se produzcan terremotos por el
simple hecho de que deben producirse erupciones volcánicas. Por lo general
antes de una erupción, llega el terremoto, y si un sistema así desde la órbita
lo capta, indicará que el planeta sigue vivo, geológicamente hablando. Otro motivo
de usar esta técnica es para ver cuándo material se inyecta en la superficie
tras una erupción volcánica, un evento que, sin duda, modifica la superficie. Con
la resolución adecuada, se podría llegar a saber cuánto material se ha posado,
el nivel de viscosidad de esa lava, y otros parámetros. En esencia, se podría
saber cuáles de los volcanes venusinos todavía están activos. En los últimos
tiempos, se han entregado diversas propuestas, tanto al programa Discovery como
al New Frontiers, y en la última selección del primero, una misión de SAR,
llamada VERITAS, llegó a la final,
pero todos sabemos ya que no fue seleccionada. Todavía hay esperanza, por
cierto, porque en la ESA se siguen seleccionando misiones. Como parte de su
programa global Cosmic Vision, se está realizando un concurso para seleccionar
entre uno de tres proyectos para volar no antes de la década del 2030, y entre
ellas está la propuesta EnVision, con
objetivos prácticamente calcados a los de VERITAS.
Curiosamente, ambas propuestas no solo transportarían sistemas de SAR
interferométricos, también un espectrómetro infrarrojo con un uso hasta ahora
no realizado globalmente en Venus: el estudio de la composición superficial. A lo
máximo que hemos llegado en esta categoría es que es un lugar en el que
predominan los basaltos, normal al ser un mundo principalmente volcánico. Esta información
fue entregada por las sondas de superficie Venera
13 y 14 usando espectrómetros de
rayos gamma. Como es obvio, esta información capturada en lugares muy pequeños
no puede extrapolarse a toda la superficie. Entonces, ¿Cómo estudiar su
composición desde la órbita? No queda otra que usar las técnicas ya conocidas. Usar
espectroscopia infrarroja en otros mundos es sencillo, pero en Venus sus nubes
complican las cosas. Aún así, gracias al extenso uso de esta longitud de onda,
especialmente por Venus Express,
sabemos que existen diversas ventanas atmosféricas que son transparentes al
infrarrojo, lo que nos permite ver la superficie. En un pequeño estudio
realizado hace ya unos años, se descubrió la existencia de granitos en la
superficie de Venus. ¿Eso es importante? Sí, porque esta es una pista que nos
lleva a pensar que, en algún momento de su historia, Venus tuvo masas de agua
en superficie. Esto es solo un pequeño detalle de lo que todavía oculta el
planeta. Aunque los estudios realizados muestran que la resolución de ese mapa
geológico sería relativamente baja, sería un buen punto de partida para seguir
entendiendo qué le sucedió al planeta.
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| Infografía de Pioneer Venus Multiprobes |
Otro aspecto clave para saber qué ocurrió en Venus es el estudio de su
atmósfera. A partir de las muchas mediciones compiladas en las últimas décadas
sabemos cuál es su composición: 96.5% de dióxido de carbono, 3.5% de nitrógeno,
0.015% de dióxido de azufre, 0.007% de argón, 0.002% de vapor de agua, 0.0017
de monóxido de carbono, 0.0012% de helio, 0.0007% de neón, y diversos gases
traza como cloruro de hidrógeno, fluoruro de hidrógeno, entre otros. Estas mediciones
fueron tomadas, como mucho, en la década de 1980. Los espectrómetros de masa
actuales son, evidentemente, mucho más sensibles, por lo que darían resultados
todavía más precisos. Pero, ¿por qué? ¿Para qué? En la atmósfera se ocultan
muchas pistas de la historia de la evolución del planeta, de cómo se originó,
de cómo evolucionó, hasta llegar a como lo es hoy. Especialmente intrigante es
el asunto del agua. Los datos de superficie confirman la existencia de agua,
pero actualmente existe muy poca en la atmósfera. En esencia se cree que fue
por un proceso similar al que ocurre actualmente en Marte, pero no es seguro. La
indagación más importante en ese sentido es el estudio isotópico de los
componentes atmosféricos. Los átomos disponen de distintos isótopos, cuanta
mayor sea la composición isotópica, más pesado es el
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| Concepto DAVINCI descenciendo en Venus |
átomo. Por lo tanto, un
átomo de bajo peso isotópico es más propenso a ser expulsado de una atmósfera
que uno más pesado. De ese modo, el estudio isotópico de la atmósfera de Venus
puede proporcionar información sobre lo que pasó en Venus desde que se formó
hasta la actualidad. Además, hay otro ingrediente que todos quieren conocer
pero que hasta la fecha no tienen ni idea cuál es. Fue gracias a Mariner 10 que vimos por primera vez la
dinámica de nubes de Venus, al observar el planeta en luz ultravioleta. Desde
entonces, se han hecho muchas mediciones, pero el elemento concreto que absorbe
luz ultravioleta en los 365 nm sigue sin identificarse. Una sonda atmosférica,
como las empleadas en los años 1960 y 1970, pero con tecnología actual, nos
proporcionaría mucha información al respecto, pero las propuestas esbozadas
para ello, como DAVINCI en el
programa Discovery, no han ido más allá.
Estos dos temas son solo dos de los muchos que la comunidad científica
enfocada en Venus quieren investigar, y de momento, solo tienen a Akatsuki para responder a alguno. Más allá
de las propuestas, puede decirse que, en movimiento, hay dos proyectos. Uno de
ellos sería la primera misión de la agencia espacial de la India, ISRO, a
Venus, que será un orbitador muy equipado científicamente, y con participación internacional,
el otro, que lleva, como poco, más de una década dando vueltas, es la misión
rusa Venera-D, que incluirá no solo
un orbitador, también un lander, diseñado para funcionar más tiempo de lo que
duraron todos los que se posaron allí. La pega es que ninguna tiene fecha de lanzamiento,
y desconocemos lo avanzadas que van. Es lo que toca.
domingo, 30 de junio de 2019
viernes, 31 de mayo de 2019
domingo, 19 de mayo de 2019
Artemis: ¿Luna en el 2024? Veremos
En mayo de 1961, el entonces Presidente Kennedy, en su famoso discurso, urgió a la NASA a llevar astronautas a la Luna antes de acabar la década. La NASA lo consiguió, gracias a una gigantesca inversión de dinero y usando una organización prácticamente militar. En nueve años se desarrolló el cohete Saturno V y las naves Apollo de órbita y de superficie. En ese tiempo se seleccionaron y adiestraron astronautas. Y en ese tiempo, se lanzaron sondas espaciales cuyo objetivo era preparar el primer alunizaje tripulado. Aunque el programa Apollo es más conocido por su éxito de ingeniería, también ha retornado ciencia importante, en forma de experimentos dejados en la superficie de la Luna, datos obtenidos desde la órbita, y los más de 300 kg. de rocas y regolito lunar que regresaron con los astronautas, que gran parte de ello sigue sin investigar. Recientemente, el actual Vicepresidente, además de abroncar a la fuerza de trabajo de la agencia, ordenó, a instancias de su superior, acelerar los esfuerzos para retornar al ser humano a la superficie selenita. Antes de esta orden, el plan era el de enviar astronautas a nuestro satélite en el 2028, ahora, hay que hacerlo en el 2024, a cualquier precio. ¿Sensato? No. ¿Realista? Ya veremos.
La NASA cerró Apollo a la Luna en 1972, en vista de los inmensos costes que supuso el desarrollo del programa, y desde entonces, mucho se ha hablado de cuándo volver, y para qué. Una cosa estaba clara: si se volvía, era para quedarse, y eso implicaba la construcción de una base en la propia superficie lunar. Ha habido varios intentos, y tal vez el más serio es que que arrancó con ese programa Constellation de la década del 2000. De todo lo previsto para ese programa, lo único que ha sobrevivido es la nave tripulada Orion, el resto no pasó del papel, o de hardware de prototipo. Otra pata de este programa era un nuevo esfuerzo de caracterización de nuestro satélite. Lo que puede decirse es que, desde que la última misión soviética, Luna 24, concluyera su misión en 1976, no se volvió a la Luna, Primero la sonda japonesa Hiten (1993), y luego la misión Clementine (1994), reiniciaron el retorno a nuestro satélite, y esta segunda dio información nueva que ha atraído la atención de todos: la posibilidad de hielo en la Luna. Posteriormente, sondas como Lunar Prospector, Chandrayaan-1 o LCROSS han confirmado su existencia, y la sonda más longeva en órbita lunar, LRO, está ampliando los estudios de cuánta agua existe en su superficie. El agua es básico, porque no solo servirá para los astronautas, también puede servir para elaborar combustible de cohetes para misiones futuras. Cuando cambió la Administración tras las elecciones del 2008, este programa cayo, y a su vez se propuso una aproximación más lenta y sosegada, lejos de la agresividad anterior. Al conservar Orion, y empezando el desarrollo del gigantesco cohete que lo lanzará, el SLS, lo que se ideó para el futuro era el de explorar, antes que nada, asteroides. Para ello, se desarrollaría un vehículo no tripulado cuya misión sería la de coger un asteroide, o el fragmento de un asteroide, y traerlo a la órbita lunar, donde los astronautas lo estarían esperando, y estudiarlo. Al tiempo, los socios de la ISS (Estados Unidos, Rusia, la ESA, Japón, y otros) empezaron las conversaciones de una posible estación espacial en lo que ellos llaman el espacio cis-lunar. En el 2016, nuevo cambio en la Administración, y con ello, otro cambio en la forma de ver el futuro de los vuelos espaciales tripulados. Lamentablemente, en vez de un programa coherente y sin prisas, ahora vuelve la agresividad, envuelta en un cierto nacionalismo. Es innegable que la NASA ha sido la única en hacer llegar seres humanos al suelo selenita, pero tal y como van las cosas, que un país decida, prácticamente por su cuenta, el volver, es una locura. Uno de esos objetivos es "demostrar la superioridad de la tecnología estadounidense". En algunos casos es cierto, en otros, otras agencias espaciales pueden tener un mejor dominio de la tecnología.
Antes de la llegada de la nueva Administración, el programa tripulado de la NASA progresaba, si bien con lentitud. El nuevo SLS es un cohete enorme: mide casi lo que un Saturn V, consta con dos etapas y dos aceleradores de combustible sólido, y con capacidad de poner en órbita baja terrestre, así en seco, hasta 130 toneladas. En cuanto a Orion (o MPCV) es un vehículo en dos partes, siguiendo la filosofía de diseño de los módulos de mando y servicio del proyecto Apollo. En este caso, la NASA se encarga del vehículo habitable y de reentrada, y la ESA ha diseñado y construido el módulo de servicio, derivado de sus naves de carga ATV a la ISS. Orion tiene capacidad para seis astronautas, y con
recursos para funcionar de manera independiente durante al menos tres semanas. Antes de meter astronautas en esta potente combinación, lo que se necesita es probarlos, y ese es el objetivo de la primera misión conjunta. Lo que molesta a algunos es el continuo retraso en el desarrollo de ambos vehículos, aunque deberían ser conscientes que se trata de nuevos diseños, que no se sacan de la noche a la mañana. Un cohete tan grande como el SLS es, por necesidad, complejo de construir y probar, y sin duda, cuando vuele por primera vez (tal vez para el verano del año que viene) aparecerán problemas, que habrá que resolver, lo que significará retrasar el segundo, este con tripulación. Una vez abandonada la idea de traerse asteroides, se ha vuelto a la idea del retorno a la Luna, bajo el lema de volver para quedarse. Una parte importante, o eso parecía, era el de la estación cis-lunar que, a lo largo de estos años desde su primer anuncio oficial, hacia noviembre del 2017, se veía como la parada intermedia desde la que realizar el alunizaje. Esta infraestructura, bajo el nombre de Gateway, no solo sería una versión a escala de la ISS (incluyendo un módulo de propulsión y energía, equipando motores iónicos), también sería lugar de parada de las naves con destino a alunizar. Asi, la tripulación encargada de la tarea de bajar a la superficie selenita atracaría primero en el Gateway, luego abordaría alguno de los lander acoplados a la estación, y descenderían. Cuando terminaran su misión, despegarían para retornar a este complejo orbital, antes de emprender el regreso a la Tierra. Lo primordial era, por ello, primero terminar Gateway, y luego empezar las misiones tripuladas a Selene. Además, la NASA está firmando acuerdos con empresas privadas para desarrollar vehículos que mandar a la superficie selenita con el propósito, primero, de situar instrumentación, y después, de hardware con el que empezar a instalar la base en el suelo lunar.
Lamentablemente, ahora llegan las prisas. No sabemos si será porque China ha posado su Chang'e 4 en la cara oculta lunar, en un cráter de la cuenca Aitken del polo sur, o por qué, pero el "macho alfa" que manda allí se ha encaprichado con demostrar su "superioridad", y ha mandado a la NASA a acortar el plazo, y hacer que la agencia ponga sobre la superficie lunar astronautas para el 2024, y el que pusieron para dirigir la NASA, como lacayo fiel, se ha entregado a la tarea. En 1961, la agencia tuvo nueve años, y recursos financieros casi ilimitados para conseguirlo. Ahora, tiene cinco años, pero los recursos financieros apenas han aumentado. Si se quieren resolver los problemas de desarrollo del SLS y de la nave Orion, hace falta más que una pequeña inyección de dinero, y para empeorarlo, no hay módulo lunar. Solo hace unos días, tras anunciar que el proyecto de este nuevo alunizaje ha sido bautizado como Artemis, se ha seleccionado a once empresas
privadas para que, en el menor plazo posible, desarrollar el diseño, ¡y prototipos! de módulos lunares, sin siquiera firmar contratos concretos, simplemente lanzan a esas once empresas la idea de que desarrollen sus diseños sin siquiera supervisión, y construyan prototipos en un plazo de seis meses. También en el anuncio del nombre para el programa, se anunció que en esta primera misión se mandaría una mujer a la Luna. Esta sería una noticia a celebrar, si no fuera propagandística. La dotación de una misión tripulada debe seleccionarse de acuerdo con sus requisitos, y escoger a los que están mejor preparados para la tarea. De momento, esta misión a la Luna para el 2024 solo tiene un propósito: volver, es decir, de propaganda. Si en el futuro se prepara un programa científico completo a realizar una vez en superficie, para ello habrá que escoger a los más preparados, no por su género, sino porque sean los idóneos. Si son mujeres, que vuelen, si son hombres, que vuelen, si es mixta, que vuele, pero que no se haga solo porque sea políticamente correcto.
Cada año, el gobierno estadounidense solicita presupuestos para todas sus agencias anualmente, y son las dos cámaras (de Representantes y el Senado) las que los autorizan. Para el próximo año, se ha solicitado para la NASA un presupuesto de 22.6 billones de dólares, que supone un aumento del 5% con respecto al de este año, pero para iniciar este programa acelerado, se ha entregado una petición suplementaria de 1.6 billones. Sin embargo, para la gente que conoce la industria espacial, si se quiere conseguir, se debería gastar un mínimo de entre 4 y 5 billones cada año para conseguirlo, y de acuerdo con algunas estimaciones internas de la NASA, el gasto total debería rondar algo más de los 40 billones al final de estos cinco años. Con elecciones a la vista el año que viene, todo podría volver a caer de nuevo, o no, depende del resultado.
Hay algo que tener en cuenta: el desarrollo privado de los módulos lunares (entre otros vehículos). Las dos naves que las firmas SpaceX y Boeing han diseñado y construido para el transporte de astronautas a y desde la ISS ha llevado un mínimo de ocho años, principalmente por los exigentes requisitos de seguridad para astronautas esbozados por la NASA, y aunque ya se están construyendo las naves diseñadas para ir allí arriba (la de SpaceX ya ha volado), para llegar a este punto han tenido que pasar pruebas y revisiones extremadamente rigurosas antes de recibir las debidas certificaciones, y todavía deben conseguirlas. Por ello, la idea de que las empresas diseñen y construyan en seis meses prototipos de módulos lunares es poco menos que una locura.
Ya os habéis dado cuenta: No nos gusta el tipo que manda allí, y estos planes son una estupidez. Son planes de ir a la Luna porque sí. No se ha dado cuenta de que los vuelos al espacio, cuando las cosas se hacen mal, acaban en catástrofe. La realidad suele ser despiadada, y cualquier mínimo error puede resultar fatal. Que pregunten a las tripulaciones de los transbordadores Challenger y Columbia. Ahora, ¿nos oponemos a que se regrese a la Luna? No, hay que hacerlo, pero así no. Lo que hay que hacer es replicar el modelo de cooperación que se ha conseguido con la ISS, o en su defecto, una agencia espacial mundial, sin que ningún estado tenga preferencia sobre otro. Si algo enseñan los documentales acerca de los futuros viajes al espacio es que debe ser un esfuerzo conjunto, no de uno solo. El programa Apollo dejó a la NASA tiritando, en cuanto a recursos monetarios se refiere, y esta idea puede provocar el mismo efecto si no se para a tiempo. Estamos de acuerdo en que hay que establecerse en la Luna como paso previo para intentar el viaje a Marte, pero no de esta forma. No debe ser una competición, ha de ser una cooperación. Sin eso, no se llegará a ningún sitio. ¿Volver? Si. ¿Así? No.
Esta es nuestra opinión, ya nos comunicaréis la vuestra.
martes, 30 de abril de 2019
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